28-10-2010 | Democracia para Siempre - 30 de Octubre

DEMOCRACIA SOCIAL Y DESARROLLO NACIONAL. MANOS A LA OBRA.

La democracia obliga asumir las responsabilidades del ejercicio pleno de derechos para elegir y de ejercer ese mandato de soberanía delegado, resolviendo lo que impide el goce de las libertades individuales.

Para las dirigencias, significa una oportunidad de servicio público y la consiguiente rendición de cuentas de las conductas y realizaciones, en el marco de la República donde los controles institucionales equilibran el poder y donde la opinión publica examina sin contemplaciones. La circulación libre de expresiones y el respeto de la diversidad, enriquecen con la crítica para corregir rumbos. La historia hace el resto y acomoda las cargas con su veredicto inapelable, tanto por el empeño como en los logros por construir una sociedad más justa, donde nadie tenga cercenadas sus oportunidades. El problema es que en los ensayos fallidos, imprevisiones y aventuras, los irreversibles daños de los fracasos son injustamente pagados por los que los sufren.

En ese marco, examinar el trayecto desde que Raúl Alfonsín encarnó los deseos de consolidar valores y prácticas interrumpidas, con fracturas y violencia, resulta apropiado para intentar una severa mirada sobre nuestra realidad. El juzgamiento de las violaciones aberrantes de los derechos humanos, la solución de conflictos externos, la idea de alternancia sin condicionamientos y el florecimiento de expresiones culturales sin recorte ideológico, impregnaron con colores indelebles lo que ya es un patrimonio compartido. En las dificultades de esa transición, el contexto externo condicionó desfavorablemente. El aterrizaje del neoliberalismo acrítico, que devastó nuestras producciones, condenando actividades desenvueltas con ventajas y regiones con asimetrías, detonó la peor consecuencia, el desempleo masivo y la intolerable marginalidad. Sobre este país archipiélago, con desarraigo y exclusión, en la ruptura del tejido social, se incubaron factores que perturban la convivencia en paz y la solidaridad, con sus anhelos de promoción social. La respuesta urgida, por circunstancias que bordearon la disolución, devino en un populismo que con clientelismo y abusivo uso del poder, potenció el desapego a la ley y con un torpe intervencionismo sofoca lo mejor de la iniciativa creativa que anida en la dignidad humana. En la inequitativa posibilidad de ocupación, salarios, acceso a la educación, salud, justicia y seguridad, se fue cristalizando una sociedad dual, característica de los pueblos atrasados, alejados del ideario de clase media donde se identifica la gran mayoría de nuestro pueblo, sean cual fueran sus ingresos.

Semejante movilidad ascendente, característica del progreso social que exhiben pueblos hasta hace poco sumergidos en la pobreza, requiere una política exterior que emplace correctamente los objetivos nacionales, sin resignar el estímulo a lo propio. Demanda un Estado con calificados planteles y funcionamiento transparente de las instituciones de la República, para mejorar su eficiencia y articular los intereses en pugna sin desgarradoras confrontaciones. Supone movilizar a la sociedad civil, con el concurso compartido de trabajadores, empresarios, científicos y hacedores culturales, en luchar por su realización a partir de la visualización de premios y castigos de toda sociedad abierta. Exige una conciencia colectiva dispuesta a emerger del subdesarrollo que nos ancla en la dependencia a coyunturas exteriores. Todo ello nos impone aprovechar los pródigos recursos naturales en el continente y en el mar, donde debemos ejercer nuestra soberanía efectiva; vertebrar el territorio con obras de infraestructura ponderadas por su impacto en la atracción del sector privado y en optimizar costos, tanto para interrelacionarnos y como para ganar competitividad. Esta última condición no puede lograrse con precarización laboral ni alterando el precio de otras variables económicas, sino que debe surgir como fruto de la mayor productividad global de la economía, dato signado por la calidad de las inversiones, su aplicación en los segmentos más dinámicos y dentro de un plan que eslabone las grandes radicaciones en cadenas de valor con las micro, pequeñas, medianas, fomentando a los nuevos emprendedores, asentados en su lugar de pertenencia para desconcentrar los bolsones de los conurbanos. Cambiar la matriz productiva que nos hace comprar trabajo e inteligencia, mientras se lo negamos a quienes capacitamos en nuestros centros educativos, es una plataforma de entendimientos indispensables sobre lo que no puede haber disenso. Los matices ideológicos no pueden contravenir lo que deviene de nuestra experiencia, la ajena exitosa y los anhelos que quienes nos dedicamos a la actividad política. Este arte del bien común es una ciencia social y preside la orientación de otras disciplinas, como la educativa y la economía, en cuyas leyes se puede observar la regularidad de sus resultados. Trasformar lo agotado presupone trazar prioridades y empeñarnos en acelerar su ritmo, para aminorar costo social, acortar brechas internas y postergaciones comparativas. La integración productiva, territorial y social, como la inserción en la aldea global con nuestra identidad, se abonan con la industrialización, el conocimiento y el aporte incesante de descubrimientos que ahondan o aproximan distancias, según sea el escalón donde se encuentra el aparato productivo y su entramado jurídico-institucional, tanto estatal como gremial.

Austabastecernos de energía explorando nuevas alternativas de generación, explotar nuestras potencialidades naturales y humanas adormecidas, agregar valor-trabajo en todos los procesos productivos, incorporar tecnologías diversificando nuestra oferta exportadora y utilizar los ingresos públicos para ampliar el mercado, al tiempo que formamos y recapacitamos mano de obra para dar consistencia a las remuneraciones salariales y al sistema previsional, no es una agenda de tecnócratas sino una señal de madurez insoslayable.

Esa es una de la materias pendientes, que debemos afrontar sin prejuicios y estériles antinomias ancladas en resabios del pasado. Recrear la confianza y la previsibilidad repercute en reconstruir nuestro relacionamiento con el mundo, ventana fascinante para quienes logran plasmar sus intereses permanentes. Sobre el presupuesto de observar la realidad tal cual és, se juega la suerte de poder modificarla, como la hacen países de laregión, también sujetos a dictaduras, ciclos reaccionarios y democráticos, donde nos diferenciamos por la ininterrumpida decadencia y las oportunidades perdidas. No supimos entretejer un proyecto estratégico de Nación, ni siquiera transformar el crecimiento en desarrollo armónico y autosostenido, con justicia social que achique las irritantes desigualdades. Ese es el desafío de las dirigencias sociales y políticas, nutriendo la democracia para asumir los nuevos retos que no se superan con excusas ni negaciones. Diálogo y consenso serán el puente en las saludables alternancias, donde la gobernabilidad no valide desvíos éticos, atropellos, discrecionalidad, ni desmedro del federalismo.

Definido por la espiritualidad como nuevo nombre de la paz, el desarrollo es una empresa que profundo contenido moral, que no se agota nunca porque tras una meta despierta la esperanza de proseguir la marcha. Por cierto, requiere una voluntad y un programa que articule intereses, con los instrumentos del Estado incentivando la cultura del trabajo y el pacto intergeneracional. En ese camino, democracia y desarrollo, como las caras de la moneda que gira en la dirección de los sueños posibles, nos pondrá a la vista el futuro, no como ilusión sino como el paso esperanzado con que transitamos nuestros días. Eso permite el libre debate de ideas y la provechosa apropiación de lo vivido. Lo exige el inexorable traspaso de la posta política a nuestros jóvenes, que tenemos obligación de honrar con ejemplaridad, para que aquella esperanza de octubre del ’83 reabra sus puertas y canalice renovadas energías, en el favorable ciclo que el Bicentenario ofrece y obliga. Manos a la obra.

Oscar Aguad
Presidente Bloque UCR

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