28-11-2004 | Discursos

DISCURSO DE ADOLFO STUBRIN

EN EL ACTO DE INAUGURACIÓN DEL CONGRESO DOCTRINARIO DE LA UNIÓN CÍVICA RADICAL, 28 DE OCTUBRE DE 2004

Correligionarias, correligionarios:

El radicalismo es nuestra identidad política. Representa nada menos que la vertiente democrática de la tradición republicana de la Argentina. Pero, la historia no enseña el camino por sí sola, sino en la medida en que sepamos interrogarla, entendiendo en toda su extensión los desafíos del presente. Por lo tanto actualizar nuestra doctrina no es tarea para iniciados o para los “hechiceros de la tribu” sino una fascinante convocatoria abierta a todos quienes quieran construir el futuro inspirándose en los valores y sentidos de las mejores luchas del pasado.

La longevidad no hace de nuestro partido una entidad metafísica. Es sí una realidad intensamente moral y cultural; social y humana. Se debe a que en cada trance crucial una nueva generación se puso al mando, reorganizó y adecuó la forma y el contenido de la acción política. Pensarse y estructurarse de nuevo frente a cada crisis es el secreto de nuestra vitalidad. Llegamos a ser tan antiguos no porque nuestros predecesores pudieron perdurar, sino porque supieron renacer frente a cada adversidad.

Lo inalterable de nuestro ideario son un puñado de principios esenciales: el humanismo, la fe laica en nuestra nación y en nuestro pueblo, la creencia en la libertad, la paz, la justicia social, la civilización, el progreso. La persistencia, en cambio, la debemos a esa capacidad de adecuarnos a los tiempos, de afrontar con optimismo los peligros de cada época, de formular con frescura e inteligencia las ideas innovadoras. Y a una nunca bien ponderada aptitud para educarnos unos a otros; doctos a legos, baqueanos a eruditos; viejos a jóvenes, novatos a veteranos, en el comité, en una incesante cadena de ilustración, docencia y cultura política.

El momento que vivimos es, quién lo duda, una encrucijada. Podemos superarla porque somos numerosas y numerosos las mujeres y los hombres del partido. Ser mujeres y hombres de partido es la materia crítica del presente argentino. Esa figura humana, apreciada en las democracias maduras, ha sido vilipendiada entre nosotros. La reciente crisis simultánea del estado, de la inserción internacional, de la producción y del tejido social produjo un insoportable dolor. El desahogo moral y psíquico recayó, fue hecho recaer, sobre las personas a cargo de la gestión de los asuntos públicos, sobre quienes nos ocupamos del bien común.

En otras coyunturas históricas de triste recuerdo corrientes autoritarias y elitistas supieron usufructuar tanta angustia derribando las instituciones constitucionales. En ésta lo deseaban también pero el régimen constitucional a duras penas resistió y la soberanía popular se mantuvo en pie. No obstante, asistimos a la artera y sutil tentativa de suplantar el sistema político basado en la participación y la representación entre ciudadanos por otro sustentado en el atractivo de las ocasionales ofertas electorales y la satisfacción instantánea de los argentinos, tratados como si fueran espectadores o consumidores. Pasados los peores momentos de la crisis esa fantasía reaccionaria muestra su falacia y ha entrado ya en franca declinación.

Vuelve a estar claro en el debate público que los partidos políticos en competencia son las vértebras indispensable de un sistema democrático estable. El punto de inflexión de aquella quimera ocurrió hace poco, cuando tras un cambio de ministro el Presidente resolvió aplicar sordina al montaje de tinglados independientes de su propio partido y el justicialismo quedó alineado como la expresión electoral, parlamentaria y territorial del gobierno. Por otro lado, emprendimientos políticos de diversa índole, surgidos del ojo de la tormenta, tratan de institucionalizar exitosas cosechas electorales y es legítimo que busquen erigirse como nuevos partidos. Mientras tanto, la contundente estampida de votantes nos infringió a nosotros los radicales un duro castigo y nos dejó suspendidos en un impasse como alternativa política nacional.

Está vacante el principal lugar de la oposición. Esa colina es estratégica para el buen funcionamiento del sistema constitucional. Para conquistarla se necesita un partido político nacional y nosotros, a pesar de todo, lo tenemos porque somos, como se demuestra esta mañana, muchas mujeres y muchos hombres de partido que, volviendo del desencanto y la frustración estamos recobrando nuestros sueños, la confianza en nosotros mismos y en la colectividad que formamos cada vez que nos juntamos, discutimos y colaboramos unos con otros. A nuestros competidores les costará mucho alcanzar este valioso punto de partida porque si bien cuentan con algunos militantes auténticos, el gran número de advenedizos, dicho esto sin desmerecer a nadie, por lo general, no se convierte fácilmente en mujeres y hombres de partido.

La crisis impuso una agenda de asuntos públicos dramáticos para la sociedad. Las nuevas formaciones políticas llenaron, cada una a su modo, ese vacío. La moral pública y el enjuiciamiento de los delitos de corrupción es uno de esos ejes; la protección de los ahorros y la propiedad privada es otro; la seguridad física frente a los crímenes violentos o la anomia social y la ineficacia estatal un tercero; y el cuarto, muy importante, la desprotección de los más débiles frente al flagelo de la desocupación y la extrema pobreza. Nuestro partido tiene buenas respuestas a cada uno de esos problemas, como producto de su experiencia, inserción geográfica y labor parlamentaria. Pero nuestros desaciertos y la astucia de nuestros adversarios nos privaron de visibilidad y nos cuesta mucho ser escuchados.

Una de las condiciones que deberemos llenar para merecer otra vez la representación social y política es asegurar y exhibir en todo momento y sin fisuras la integridad política y ética de todos nuestros dirigentes. Ser y parecer independientes frente al gobierno y frente a los grupos de presión es una cualidad esencial. Fiscalizar sin contemplaciones y criticar con firmeza todo lo que consideremos errado es otro requisito básico. Proponer políticas y proyectos superadores en las diversas áreas de la realidad nacional es una tarea inexcusable. Apoyar también, por supuesto, cada vez que haya coincidencias en áreas clave y pueda celebrarse un avance o una conquista para el país sin importar quien las capitalice.

Ahora viene una agenda de nuevas prioridades. El radicalismo debe ser protagonista en la introducción y tratamiento de esos temas ante la opinión pública. Nosotros podemos elaborar explicaciones racionales y fundadas sobre las complejos problemas que la Argentina va a confrontar en los próximos años. La inserción internacional -política, comercial, financiera- frente a las escasas oportunidades de acceso a mercados, financiamiento y tecnologías. La organización del Estado, de sus capacidades administrativas y sus finanzas, la distribución de competencias y recursos entre la Nación y las provincias. El despliegue de políticas públicas de desarrollo productivo y redistributivas que atiendan al equilibrio regional y la cohesión social.

La oportunidad es propicia en los momentos que corren caracterizados por el alivio de la situación externa, el superávit fiscal, la recuperación de las producciones regionales y el parcial saneamiento del sistema institucional. Puede abrirse una época de nuevas esperanzas para los argentinos. Tenemos que acompañar esta posibilidad ejerciendo sin concesiones nuestro rol opositor en el sistema político. Sería penoso que las burbujas o los veranitos, que tantas veces en las pasadas décadas nos ilusionaron en vano, arruinen el bienestar y el espíritu de otra generación. El país todo y a su vanguardia el radicalismo debe detener el péndulo y diseñar un rumbo sustentable y definitivo de prosperidad.

Las mujeres y hombres de nuestro partido, poseemos conocimientos fundamentales sobre la realidad y el porvenir nacional, por historia, por experiencia y por haber aprendido la lección de recientes errores. Condensamos un saber conceptual y práctico de gran valor para poner en marcha con inteligencia y coraje al país. Sabemos cómo debe cultivarse el patrimonio o la producción nacional en el contexto de la globalización. Sabemos cómo el estado debe regular el funcionamiento de la economía para que el capitalismo sea un sistema genuino de transformación racional de la naturaleza. Sabemos cómo impedir que el populismo y el paternalismo hagan estragos sobre las instituciones democráticas y colonicen a los ciudadanos como súbditos. Sabemos cómo la ciencia, el conocimiento, la investigación y la educación son elementos centrales para la emancipación de la sociedad. Las flaquezas y ambigüedades del gobierno en todos estos puntos y su propensión al encierro y la omnipotencia alarman con razón a miles y miles de argentinos y tienen insatisfechos a muchos más.

Con lo que sabemos, ejerciendo la oposición parlamentaria y movilizando los comités en toda la República, nosotros los radicales asumamos la tarea de estudiar y reflexionar mucho más, canalizar el descontento, forjar nuevas metas, preparar cursos de acción alternativos, argumentar en el escenario público sobre nuestra propuestas; y situémonos, con vocación de poder, como centro aglutinante de todos quienes deseen el cambio, a partir de la renovación legislativa del año próximo y con el objetivo puesto en el siguiente turno constitucional, dentro de tres años.

La Convención Nacional que me honro en presidir es el órgano máximo del Partido. Tiene a su cargo las grandes definiciones ideológicas y estratégicas, garantiza el recto desempeño de los radicales en las funciones electivas y partidarias, sigue de cerca la esencial labor de nuestros legisladores nacionales, rige el partido a través de la Carta Orgánica y elabora las plataformas electorales, es decir los compromisos viscerales que los candidatos radicales asumen con la ciudadanía.

Por eso me corresponde felicitar al Comité Nacional, a la Mesa Directiva y al Presidente por la oportuna y certera iniciativa de realizar este Congreso Doctrinario. Lo necesitamos, participaremos con toda nuestro empeño, reflexionando sobre los hitos históricos de nuestra tradición y confrontándola creativamente con los dilemas del mundo actual, y también con el laberinto de dudas y riesgos, a la vez que de proyectos y energías positivas que conmueven hoy en día al país y al pueblo. Aguardamos con expectativa sus conclusiones que seguramente se sumarán al ancho caudal del pensamiento radical.

En realidad las venimos esperando desde hace tiempo, las anhelamos cada vez que acuden a nuestra memoria o a nuestras conversaciones las viriles luchas que los radicales libraron desde fines del siglo XIX por la libertad de sufragio, las políticas de neutralidad y de protección de la riqueza petrolera, la reforma universitaria; la abstención contra el fraude conservador; la defensa de las libertades en el país y el mundo contra los totalitarismos.
Las redefiniciones doctrinarias nos hacen falta cada vez que admiramos la lucidez estratégica e intelectual con que se concibieron el programa de Avellaneda en la década de los cuarenta; el artículo 14 bis de la Constitución Nacional en los cincuentas; el Plan Nacional de Desarrollo en los sesenta; la Hora del Pueblo en los setenta; la Multipartidaria en los ochenta; el Nunca Más y el Juicio a las Juntas Militares; los Lineamientos para una política económica; el Tratado de Paz y Amistad con Chile; el discurso de Parque Norte; el dictamen sobre reforma de la Constitución del Consejo para la Consolidación de la Democracia; la alianza estratégica con Brasil y el resto de los países del MERCOSUR todos entre 1984 y 1989. Tendremos también presente, claro que sí, la maciza resistencia y denuncia contra la política internacional, económica, de derechos humanos, social y educativa del gobierno del actual partido oficialista durante la década de los noventa, cuyos nefastos efectos de injusticia social y debilitamiento nacional anticipamos e intentamos contrarrestar, las mismas ruinas sobre las que hoy procuramos codo a codo con todos nuestros compatriotas de buena voluntad izar la bandera de la convivencia y la emancipación definitiva de los argentinos.

Estoy seguro que tendremos pleno éxito en nuestras deliberaciones.

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