29-04-2005 | General
CONFERENCIA DEL DOCTOR ANGEL ROZAS EN LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA
CATEDRA LIBRE: DOCTOR RICARDO BALBIN
28 DE ABRIL DE 2005
Agradezco sinceramente esta oportunidad para participar de la cátedra libre Dr. Ricardo Balbín en la Universidad de La Plata, una iniciativa que debe llenar de orgullo a los radicales y a todo el país.
Comenzaré con algunos recuerdos personales y una particular confesión de fe.
Sólo después abordaré el tema de mi conferencia esto es, Partidos Políticos, tema que pretendo enlazar con la acción y el pensamiento de Ricardo Balbín.
El recuerdo de mi infancia que quiero citarles tiene que ver con el espíritu inquieto de Don Ricardo Balbín, una inquietud por la defensa republicana, que lo llevó como hombre de partido a recorrer los confines más lejanos de la Patria. Así lo conocí yo, siendo un niño, en General Pinedo, Chaco, mi pueblo natal, distante a 320 kilómetros de la capital de la provincia.
Quiero confesarles también que cuando me inicié en la actividad política, he sentido al radicalismo como una forma de vida, como un estado de ánimo más que como una doctrina.
Por aquellos tiempos el radicalismo, aún en su diversidad, formaba parte de la fisonomía moral de nuestro país. Como nuestros paisajes forman parte de la geografía nacional. Sin el radicalismo la Argentina resultaba inconcebible. No sé si hoy podemos decir lo mismo.
Todos sabemos que la UCR le ha dado un alma a la República. Pero que también resulta más fácil escribir la historia de nuestro partido que definir al radicalismo.
LA DOCTRINA DEL RADICALISMO: EL PUEBLO SOMOS NOSOTROS MISMOS
Quiero decirlo con palabras de Ricardo Balbín, “Para los radicales el pueblo no es algo que se mire, se valore y se proteja como exterioridad; el pueblo somos nosotros mismos, esa totalidad que sufre y sueña, que protagoniza su quehacer y su destino en cuya entraña sentimos, pensamos y vivimos sin retacear los problemas colectivos”.
El radicalismo nació resuelto a referir y deducir todo de la soberanía del pueblo, ya que la política del sufragio universal ha sido el título primero de nuestro programa y de nuestro partido.
“Lo que no haga el pueblo no se hará por él; lo que el pueblo no diga no se dirá por su cuenta”, dejó dicho Don Ricardo Balbín, agregando también
“La democracia se fortalece en la discrepancia. Las unanimidades son caminos del autoritarismo”.
“Sin poder distribuido no hay Estado de Derecho, porque el Estado de Derecho necesita el control y está demostrado que el poder no controlado abre los caminos de la corrupción...”
“Decir que la Constitución no sirvió es justificar un poder ilegítimo. Hay que decir que la Constitución sirve siempre, que a veces no la cumplen, pero no es de ella la falla. Tenemos que buscar una sociedad que la respete, partidos políticos que la definan y que cada afiliado de un partido político sea un vigilante de la Constitución, para que nada la ofenda...”, señalaba don Ricardo Balbín.
Más que nadie los radicales repudiamos todo dogma, nos preocupamos tanto de los métodos como de los ideales. Pero al mismo tiempo el radicalismo debe también ser concreto, estar informado de los intereses de cada cual y ser apto para defenderlos.
Nuestro partido quiere organizar política y socialmente a la sociedad según las leyes de la razón y su método es el de la naturaleza misma. Tiene una moral y una filosofía.
Parte del hecho indiscutible de la conciencia y obtiene de allí la noción moral y social de la dignidad de la persona humana. Tiene una doctrina política que es la doctrina republicana.
Tiene por último una doctrina social basada en la asociación. No cree que el bien de la Nación pueda realizarse a través de la lucha de los individuos y de las clases.
Para los radicales igualitarismo no quiere decir que todos nos consideramos iguales, sino que todos deben tener igualdad de oportunidades para encarar su realización en la vida. Es decir, que nadie quede rezagado porque no tuvo la educación que merecía, que a nadie se lo trate con desdén porque carezca de bienes, que se reconozca un mínimo de dignidad a todos.
El radicalismo se define también como un permanente control del elector sobre el elegido y sobre la autoridad, entendiendo la democracia como un sistema de vigilancia, donde el buen diputado es el que hace trabajar al Ministro, el que hace restallar el látigo de la oposición gubernamental, en defensa de la República y de sus instituciones.
Creo que también el radicalismo propone un equilibrio entre el orden y la libertad, entre la resistencia y la obediencia.
La libertad no prospera sin el orden y el orden nada vale sin la libertad. La resistencia y la obediencia aparecen entonces como dos virtudes del ciudadano. Mediante la obediencia asegura el orden y mediante la resistencia asegura la libertad. Lo que destruye a la obediencia es anarquía y lo que destruye a la resistencia es tiranía.
También el radicalismo se nos presenta como un método, que es el de la ciencia inspirando la política. De tal modo la guerra, por ejemplo, resulta condenada por la lógica misma de la evolución humana.
Hay que evitar confundir liberalismo con radicalismo. Somos el partido de la libertad y de la igualdad, pero los sentimientos liberales se han manifestado con amplitud fuera de los marcos de un liberalismo organizado como el que propone nuestra doctrina.
Por último creo que nuestras esperanzas sobre el futuro de la humanidad, pueden reducirse a tres puntos principales: disminuir la desigualdad entre las naciones, promover los mayores progresos de la igualdad dentro de un mismo pueblo y trabajar sin descanso por el perfeccionamiento real del hombre.
La UCR es desde siempre el partido de la igualdad y la libertad, cuyo mandato representa una conducta cívica y un firme compromiso político con la verdad y la justicia:
Tanto para asegurar los derechos y garantías ciudadanas;
Como para promover la idoneidad en la función pública, con responsabilidades de gobierno en todo el país;
y para defender la igualdad de oportunidades en la educación, la salud y el trabajo.
Hoy, más allá de las circunstancias de orden local y las condiciones personales de los candidatos propuestos en cada distrito, la UCR puede legítimamente posicionarse ante la ciudadanía como:
Un factor de equilibrio en la Nación;
Un espíritu constructivo en la oposición;
Un compromiso ético para combatir la pobreza y la marginalidad social, apoyando a los sectores populares;
Una verdadera alternativa progresista de desarrollo y
Un federalismo auténtico, capaz de contribuir al crecimiento armónico del país.
LOS PARTIDOS POLITICOS Y LA DEMOCRACIA
Hay que partir de una verdad objetiva e irrefutable:
No hay democracia en el mundo que funcione sin partidos políticos.
Cuando son debilitados o suplantados se daña al sistema y en casos, se atenta contra él. Cuando su papel mediador es desconocido o desbordado asoma la degradación institucional y se pone en riesgo la gobernabilidad democrática.
Es que los partidos políticos actúan como nexo en la relación de la sociedad con los gobiernos y de los gobiernos con la sociedad; y como tales, son herramientas directamente ligadas a los procesos y a las transformaciones sociales.
Por una parte, expresan proyectos del gobierno frente a la sociedad y solicitan su apoyo. Y por otro, ordenan las expresiones sociales frente al gobierno, participan y legitiman la toma de decisiones colectivas.
La realidad no se expresa por sí sola, ni las alternativas de gestión son elaboradas por los ciudadanos individualmente. Por eso, es responsabilidad de los partidos elaborar las formas de interpretación de la realidad, las alternativas de gestión y diseñar las estrategias adecuadas a ese fin.
También, como gobierno u oposición, los partidos participan en la toma de las decisiones colectivas y vinculantes, deciden el rumbo social y a la vez, fiscalizan su correcta gestión.
Pero hay que reconocer que los límites de la política, de la democracia y del Estado han sido reducidos en la historia reciente de nuestro país y de América Latina.
Hoy, la realidad del mundo globalizado crea núcleos de poder fácticos y de presión extranacionales, que inciden fundamentalmente la realidad de cada país.
La preservación de la democracia y su expansión no son hechos espontáneos. Son construcciones voluntarias, formuladas en proyectos, modeladas por liderazgos e investidas del poder que proviene del apoyo popular.
Requieren partidos políticos que construyan opciones sustantivas, un Estado con poder para ejecutarlas y una sociedad capaz de participar en una construcción que exceda los reclamos sectoriales.
Una política que omite los problemas centrales de la sociedad y vacía de contenido en las opciones ciudadanas, así como un Estado sin poder, transforman el mandato electoral en una expresión de voluntades sin consencuencias. Una sociedad sin participación activa lleva, tarde o temprano, a una peligrosa autonomía del poder, que dejará de expresar las necesidades de los ciudadanos.
Son los partidos y el Estado quienes deben asumir esa función sin tener muchas veces ni los medios ni las condiciones para cumplir con los reclamos sociales.
Y aquí comenzamos a ingresar al tema de la pérdida de credibilidad de los partidos, en la oposición y en el gobierno. Cómo se debilitan sus fuerzas y perturban al sistema democrático.
“La democracia es antes que nada y sobre todo un ideal” nos recuerda Giovanni Sartori, reconociendo que “sin una tendencia idealista una democracia no nace, y si nace, se debilita rápidamente. Más que cualquier otro regimen político, la democracia va contra la corriente, contra las leyes inerciales que gobiernan los grupos humanos. Las autocracias, las dictaduras son fáciles, nos caen encima solas; las democracias son difíciles, tienen que ser promovidas y creidas”.
Con períodos de expansión y retracción, de movilización o quietud, la historia nos muestra que allí donde no había libertad se peleó por ella, donde no había justicia se luchó por lograrla y donde no había progreso se buscó alcanzarlo.
Más allá de los retrocesos y letargos, el reconocimiento de la igualdad y la búsqueda de su realización social, en términos de libertad, justicia y progreso, constituyen un impulso histórico sustancialmente ligado a la idea de democracia.
Cuando el mandatario no cumple con el compromiso contraído con sus mandantes, o le miente, le oculta o disfraza la realidad, sobreviene la pérdida de credibilidad y el descrédito.
Mentir es una forma de excluir, que atenta contra la mecánica de inclusión que es una de las bases del sistema democrático. Cuando la mentira se Instrumenta desde el poder, la democracia está herida.
Mintiendo y ocultando, líderes políticos y del gobierno han terminado por sustraer el sentido profundo de la democracia.
Está claro que no podemos contar con que las fuerzas sociales aseguren que la democracia siga siempre avanzando. La democracia es un tanto incierta. Pero sus posibilidades dependen también de lo que nosotros hagamos.
Al decir de Robert Dahl “la democracia es una construcción permanente”
Para enfrentar los déficit de nuestras democracias hace falta poder democrático. Esto es, la capacidad de actuar de modo efectivo frente a los problemas para expandir la ciudadanía.
En la agenda de nuestros días los problemas del desarrollo de la democracia abarcan una densa amalgama en la que se conjugan los límites del Estado, con las exigencias del crecimiento económico y sus resultados casi siempre generadores de desigualdades;
Una cierta impotencia de la política para encarnar las aspiraciones de la ciudadanía, con las tensiones de una alta fragmentación social, y con poderes fácticos que evaden la legalidad, trafican influencias y permean las más altas instancias de decisión;
Todo ello, ante la evidencia de una globalización que acota el espacio propio de la democracia al escamotear del campo de la voluntad ciudadana la discusión de los temas centrales que atañen a su futuro.
Al hablar de una transformación de las relaciones entre Estado y sociedad estamos hablando de una transformación de la política, nos señala Manuel Antonio Garretón.
Este eminente sociólogo chileno que participó del Congreso Doctrinario de la UCR celebrado en octubre último, nos dice también que “si la sociedad entera se ve afectada por esta crisis de la política, más aún se afectan los actores principalmente políticos, es decir, los partidos que aparecen juzgados muy severamente por la opinión pública.
“En el nuevo escenario generado por las transformaciones sociales, estructurales y culturales de las últimas décadas tiende a desaparecer la centralidad exclusiva de la política como expresión de la acción colectiva. Así, hay menos espacio para políticas altamente ideologizadas, voluntaristas o globalizantes, pero hay una demanda a la política por “sentido”, lo que las puras fuerzas del mercado, el universo mediático, los particularismos o los meros cálculos de interés individual o corporativos, no son capaces de dar”.
“La gran tarea del futuro” a juicio de Garretón “es la reconstrucción del espacio institucional, la polis, en que la política vuelve a tener sentido como articulación entre actores sociales autónomos y fuertes y un Estado que recobra su papel de agente de desarrollo en un mundo que amenaza con destruir las comunidades nacionales. La opción es el fortalecimiento, autonomía y complementariedad entre el Estado, los partidos y los actores sociales autónomos, es decir, una nueva matriz socio política”.
Cuando la política nacional pierde la calidad de la representación, regulación y conducción del orden social, los desequilibrios escapan a su voluntad.
Entonces, el Estado, los partidos y la política dejan de ser los ejes de la organización social. La política y la intencionalidad de los acontecimientos pasan por otros caminos que no son los históricos de las democracias.
Estos hechos y sus consecuencias van mermando la identificación de los distintos sectores sociales con los partidos que los representaban. Las mayorías se convierten en fugaces y hacen inestables a todas las coaliciones políticas y también los acuerdos sobre políticas de Estado.
Este fenómeno de nuestro tiempo que se advierte con claridad en la historia reciente ha hecho que muchos observadores hablen de la corta vida de las alianzas políticas como factor de inestabilidad.
A mi modesto entender, no han tenido en cuenta la volatilidad de los consensos a partir de la segmentación de las fuerzas sociales, que también ha contribuido a estas crisis.
Al desaparecer la calidad de pertenencia que antaño tenían las mayorías argentinas con los partidos principales, en la última década han aparecido los fenómenos de corrimiento del electorado tradicional de unos partidos en beneficio de otras fuerzas.
Y a la vez, aumentó de manera geométrica la cantidad de ciudadanos que se reconocen como independientes, que ya no votan a las ideas y los hombres de su partido, sino a los candidatos elegidos en las circunstancias del momento.
En la actualidad, distintos estudios realizados en la Argentina, indican que más de un 60 por ciento de los ciudadanos se definen como independientes, es decir sin coincidencias básicas con ninguno de los partidos.
La fidelidad del voto se ha reducido notablemente. Los estudiosos señalan que cientos de miles de ciudadanos argentinos han votado en los últimos diez años, hasta por cuatro agrupaciones diferentes.
Cuando en la Argentina se recuperó la democracia en 1983, los partidos afiliaron en pocos meses 6 millones y medio de ciudadanos, de los cuales, los dos partidos más importantes, reunían el 80 por ciento de esa cifra.
El 30 de octubre de ese año, votaron en las elecciones 15 millones 400 mil ciudadanos. Es decir, que la afiliación formal a los partidos políticos mostraba que de cada cien ciudadanos, 43 figuraban en el padrón de una agrupación política.
Es cierto que se puede señalar a los partidos políticos en general por no rendir cuentas de su gestión, pero a la vez, las grandes mayorías independientes no atinan a quién pedirle cuenta de la realidad que ocurre frente a sus ojos, por estar desvinculadas de los partidos y de una participación cívica estructurada.
La actitud de la gente es participativa en una versión voluntarista. Hace protestas, exige justicia y clama por sus derechos. Esto es positivo, pero no lo es tanto, al no canalizarlo institucionalmente.
No hay una pérdida de la voluntad ciudadana de participación, sino más bien un rechazo a los partidos como canales de participación y control del poder político, y un traslado hacia otro tipo de organizaciones de la sociedad civil.
Distintas organizaciones sociales han proliferado en los marcos de la globalización, como una ola que vino desde las grandes potencias y de las exigencias del poder mundial. Había que minimizar los gobiernos, había que delimitar el Estado y había que fortalecer las ONG y un espectro de organizaciones intermedias no claramente definidas, y que muchas veces no sabemos a que intereses representan.
Por ello, se hace necesaria una nueva mirada sobre la realidad de nuestros días, una adecuación de los partidos a los nuevos tiempos y la comprensión por parte de la sociedad de que la globalización ha cambiado las reglas de juego y ha debilitado la capacidad de decisión nacional en muchos aspectos.
Dos premisas definen la posibilidad de ser un Estado: la autodeterminación en el orden internacional y su autonomía en el campo interno que permita el ejercicio pleno de la capacidad de decidir sobre las prioridades nacionales y sobre las políticas y estrategias para su realización.
Este es el sentido contemporáneo de la soberanía nacional:
No es solamente un aparato de gobierno: engloba el conjunto del campo institucional, es decir a las propias instituciones que lo estructuran y tienen el poder de decidir en su nombre, principal o secundariamente, y a la colectividad gobernada, que son indisolubles.
En consecuencia, debemos hacernos cargo de una realidad compleja que cambió la relación entre partidos, dirigentes y la sociedad, asumiendo la influencia global que actúa con patrones económicos, sociales y culturales y elaborando respuestas a esos cambios.
Y fundamentalmente, nosotros, los dirigentes políticos debemos dejar de lado la aceptación resignada de una realidad que achica el escenario de los partidos y del Estado y condena a la política como una actividad del pasado.
LOS DESAFIOS DE LOS PARTIDOS POLITICOS EN LA DEMOCRACIA
El desarrollo de la democracia exige mucho más que la perfección de su sistema electoral.
La reforma política es hoy importante concretarla pero no solamente en los aspectos formales. Lo que debemos recuperar es la representatividad de los partidos y su rol en la sociedad como herramientas de la transformación social.
Una de las causas más reconocidas como limitaciones de las democracias, en nuestro país y en casi toda América Latina, es la permanente tensión entre los poderes institucionales y los poderes fácticos. La manipulación y la falta de respeto de las reglas institucionales es una característica recurrente, que persiste en el sistema político argentino, y que se agrava con la concentración de facultades y recursos económicos y políticos en el Poder Ejecutivo.
La proliferación de controles institucionales inadecuados, así como la multiplicación de grupos de interes que funcionan como poderosos lobbies, amenanzan el buen funcionamiento del orden democrático.
En algunos casos, los grupos de interés o de presión, ya no son sólo lobbies, sino que recurren a prácticas tales como la compra de votos y la “fabricación” de candidatos, mediante la creación de los llamados “partidos de alquiler”.
Otro desafío directo a la democracia es la amenaza del narcotráfico, que intenta controlar parte del aparato estatal. Es fuente de corrupción y a través del “dinero sucio” genera efectos desvastadores sobre el comportamiento de algunos dirigentes políticos y sobre el funcionamiento de las instituciones.
También los medios de comunicación son otro factor al que se atribuyen -muchas veces con acierto- graves limitaciones al funcionamiento de las instituciones políticas.
Sin libertad de prensa no hay democracia, pero hay casos en que los medios tienen la capacidad de generar agenda, de predisponer a la opinión pública a favor o en contra de diferentes iniciativas y de erosionar la imagen de figuras públicas mediante la manipulación de denuncias.
Más allá de estas limitaciones creo que hay que hacer un mea culpa sobre el papel que cumplen los partidos políticos.
Muchas veces los partidos no han tenido la capacidad de clarificar sus propuestas ante la opinión pública, ni señalar la alternativa que representan o el camino que ofrecen.
También es cierto que los políticos hablamos mucho más de candidaturas, de internas y de elecciones o mecanismos electorales y hablamos poco de desempleo, de pobreza, de marginalidad, de inseguridad pública, que son los temas que estan preocupando a la gente.
Otra acusación muy frecuente es que muchos políticos se proponen como único objetivo durar el mayor tiempo posible y se ven siempre las mismas caras, la misma gente: No hay renovación ni se promueven a nuevos dirigentes.
Asimismo, los políticos muchas veces no son capaces de resistir las presiones de los grupos de poder, o se alejan de sus bases sociales para ocuparse más de la dirigencia partidista que de los ciudadanos.
En síntesis, creo que hay dos grandes desafíos de la democracia para los partidos políticos:
El primero, consiste en encontrar soluciones políticas para los problemas políticos.
Se trata de buscar nuevas maneras de canalizar la participación, el control, la gestión de agendas y la construcción de consensos, en el marco de una creciente globalización de las influencias y una transnacionalización de los problemas.
El segundo desafío más importante, a mi juicio, es encontrar soluciones a la desigualdad, la pobreza y la actual imposibilidad de acceso de gran parte de la población a los niveles de bienestar necesarios para el pleno ejercicio de sus derechos.
En el pasado, estos problemas fueron esgrimidos como razón para justificar la búsqueda de caminos alternativos a la democracia. Hoy debemos tomarlos como los grandes desafíos que la democracia debe resolver.
Para quienes vivimos en países en desarrollo, con fuertes índices regionales de atraso, renunciar a las ideas de cambio y al mejoramiento de la vida de nuestros pueblos en los aspectos culturales, sociales, institucionales y económicos, es aceptar una suerte de suicidio.
También es renunciar a la fuerza transformadora de la realidad presente y futura, que está en nuestras manos y no en las leyes del mercado.
Porque las grandes transformaciones de la historia fueron gestadas por hombres audaces e inconformes con su presente, motorizados por las ideas de progreso, bienestar, justicia y libertad de los pueblos.
Los políticos que nos sentimos visceralmente depositarios del mandato popular y no meros administradores de una tarea de gobierno, debemos saber que nuestra responsabilidad está en asumir el liderazgo de las ideas que rompan este statu quo.
Esta debe ser nuestra tarea de cara a la gente.
Porque hay que tener en claro que lo que está en juego es, en el fondo, la recomposición de las relaciones entre Estado y sociedad.
Hay distanciamiento entre sociedades y partidos, pero no se ven alternativas a estas formas de organización. Aunque es cierto también que en varios países de América latina hay intentos de reconstrucción de partidos, y por lo tanto, una reapelación a la mística fundacional.
Esta mística es la que permitiría recuperar a los jóvenes para la política.
Porque la política partidaria fijó el sentido de la vida para muchos de nosotros, pero ya no lo hace para los que nos suceden.
También es cierto que si los partidos políticos ya no tienen un espacio garantizado como antes es en gran medida porque aceptamos un Estado que ya no puede tomar decisiones como antes, y por la existencia de una fuerte exclusión social y de una feroz inequidad, así como también por el hecho de que los no excluídos buscan solución para sus problemas a través de nuevas formas de participación.
Pero la política no murió sino que en parte toma caminos por fuera de los partidos. Como nos señala Manuel Antonio Garretón.
Hay varios modelos, según el autor citado.
Uno es el tipo Chávez, que es la movilización política permanente, con lo que eso tiene de confrontación y de polarización, pero al mismo tiempo, de cohesión en el conflicto. Implica pensar la sociedad en permanente movilización. ¿Pero cuánto puede resistir eso? ¿En qué momento la gente puede dejar de sentir que el sentido de sus vidas es la permanente ida a la calle para defender o atacar a un líder? Ahí sobreviene entonces una necesidad de institucionalización del reencuentro de la sociedad con la política a través del sistema de partidos.
Otro modelo es el de tipo étnico, donde lo que llama a la unidad de la sociedad y a la recuperación del sentido de la política es un actor que habla en nombre de la Nación y del avasallamiento y la exclusión que esa comunidad vivió durante siglos. Es el modelo presente en Chiapas y en los países andinos, como vemos en Bolivia actualmente.
Un tercer modelo es el de Chile, Uruguay y del Brasil, que intentan revincular sociedad y política a través del sistema de partidos, y en el que hay una relativa estabilidad de las instituciones y de las representaciones políticas.
En la Argentina, en su conformación como sociedad política, reconoce Garretón que existe aún una relativa estabilidad, al menos simbólica, de sus grandes partidos.
Si se toma al justicialismo, se observa que sus políticas de gobierno y de oposición en los últimos veinte años han variado enormemente; sin embargo, todas ellas se han hecho apelando a la legitimidad partidaria. Se podría especular entonces con que el modelo argentino quizá sea la suma de transformaciones que ocurren dentro de un partido dominante como el PJ, que luego determinan lo que ocurre con los otros.
No creo que debamos aceptar esto, y el propio autor citado pone en duda que sea bueno para la sociedad.
EJES PARA LA RECONSTRUCCIÓN PARTIDARIA
Causas ajenas y también intrínsecas de los partidos de oposición han dejado el campo abierto para la consolidación del peronismo como partido oficial y ampliamente mayoritario. Frente a esta situación la espectativa popular y el sistema institucional del estado de derecho depositan en la oposición la responsabilidad de constituirse en el freno ante la tentación que puede provocar el abuso del poder de la mayoría.
La representación de las minorías en el regimen democrático está justamente inspirada en evitar las conductas totalitarias.
El radicalismo debe, por tanto, constituirse en el partido de oposición en el que la sociedad descansa hoy la limitación frente a la tentación del abuso del poder.
Para ello será necesario reconstruir esta fuerza política histórica capaz del ejercicio de esta responsabilidad de control, serio y constructivo, al tiempo que vaya dejando de ser simplemente una expresión testimonial, para recobrar la fuerza de las representaciones locales, que han mantenido su prestigio y liderazgo hacia la recuperación de un proyecto nacional, volviendo a ser un partido competitivo y preparado para el ejercicio del gobierno.
Para esto queremos orientar el debate interno de la UCR sobre tres ejes:
1.Afianzar los principios y objetivos que debe tener una organización política, el conjunto de ideas y valores que otorgan identidad a nuestra fuerza, esto es el ideario de las viejas banderas históricas, con el deber de interpretar la realidad actual, asegurando las soluciones más justas a las demandas sociales de este tiempo.
2.Construir y consolidar el tipo de organización más eficaz. Es imprescindible un sinceramiento de las afiliaciones y padrones, que exige la confrontación de todos los partidos para lograr un sistema de adhesiones voluntario, espontáneo y comprometido; al tiempo de producir las reformas de las estructuras orgánicas necesarias para dinamizar el funcionamiento y garantizar el debate permanente de los grandes temas estratégicos.
3.Renovar imágenes y prácticas políticas de la organización en sus relaciones internas y externas, para contar con la legitimidad de su base social. La coherencia entre las ideas y el discurso, entre lo que se dice y lo que se hace, entre la doctrina y la conducta, al decir de Moisés Lebensohn.
El radicalismo se reconstruirá mediante una profunda renovación que le permita ponerse a la cabeza de una reforma política seria y profunda que vuelva a situar a los partidos en la consideración pública como el instrumento principal para la defensa de la sociedad.
Los partidos tienen que volver a ser la garantía principal de la conducta de sus representantes para dar previsibilidad a la política: algo tan sencillo como que el ciudadano sepa con certeza que aquél a quien vota para que haga algo, va a hacer exactamente eso y no lo contrario.
No puedo negar que hay distintas posiciones en el radicalismo de nuestros días, que por encima de las sutilezas y particularidades de todo partido democrático, se diferencian profundamente y con seguridad, van a proyectar la suerte futura de la UCR.
Una es la que quiere un partido nacional, con ideas progresistas, la herramienta de transformación que la sociedad reclama y necesita. Es la expresada en una mayor comprensión de los fenómenos sociales, del desarrollo argentino en lo económico y social, del federalismo, no para fabricar caciques del atraso y el despotismo, sino para integrar igualitariamente al país profundo con las regiones más ricas de la Argentina.
Un radicalismo que exprese las formas actuales del progreso en el mundo y que tenga una firme decisión integradora con el Mercosur. Nuestro partido debe representar también, las voluntades y expectativas de la ciudadanía independiente, que sin pertenecer orgánicamente a ninguna fuerza política, exige una mayor calidad de gestión pública y tiende a reflejarse en posiciones progresistas y democráticas de la oferta electoral.
Otra es la posición que cree que la UCR debe ser una confederación de pequeños partidos provinciales adecuados a una estrategia posibilista y pragmática, renunciando al rol histórico del radicalismo, al liderazgo de los grandes cambios políticos y sociales nacionales.
Este sector, conscientemente o no, tiende a fabricar pequeñas sucursales independientes de un gran partido nacional, gozando de su historia y de sus emblemas, pero negando la autenticidad, una suerte de franquicias de la marca política, para explotar el nombre con distinto contenido.
Las estrategias políticas de cada sector, terminarán por reflejar hacia dónde quieren ir en la proyección futura del partido.
Nosotros, aún con errores y tropiezos, buscamos en el ayer y el hoy, la unidad del partido sobre la base de recuperar a los sectores que nos han dejado de apoyar en las urnas y proyectar al radicalismo a la búsqueda actualizada de las grandes ideas fundacionales del partido que rompió el continuismo oligárquico primero, el predominio golpista después, e integró a las grandes mayorías a la democracia.
El país necesita un mejor gobierno y ello exige una mejor oposición. La garantía para que el gobierno no traicione y defraude, seremos los que nos mantengamos fieles e intransigentes a nuestras ideas radicales, desechando los pragmatismos que hoy seducen a quienes, desde adentro o desde afuera, alientan un radicalismo que disimule sus principios y sus orígenes populares y democráticos, y no aceptan desempeñar el rol de oposición política que nos asignó el pueblo.
En este momento de crisis radical, la recuperación del partido debe comenzar con la fidelidad a sus ideas fundacionales y a sus grandes hombres. Con la búsqueda de una alianza del partido con los sectores independientes con los que profesamos ideas en común, para volver a ser gobierno en el futuro si logramos la corrección de nuestras flaquezas.
CONFLICTOS Y ARMONÍAS
Cuando pretendo definir el carácter netamente opositor que debe asumir hoy la UCR frente al gobierno, siento a la vez la necesidad de expresarles mi admiración por los esfuerzos de Ricardo Balbín en su tiempo, en favor del diálogo político y de la unión nacional.
Quiero aprovechar parte de esta charla con ustedes para transmitirles mi visión sobre los límites y los verdaderos alcances de la oposición y la independencia política, que a mi criterio debemos mantener.
Comparto de algún modo, en apretada síntesis, a Félix Luna, en su descripción de los conflictos y armonías en nuestra historia política.
Este notable historiador de origen radical nos recuerda que es visible en nuestra historia un doble proceso de enfrentamientos y acuerdos. Enfrentamientos que pueden tener una gran aspereza pero también acuerdos que revelan inteligencia política, tolerancia y pluralismo.
Hubo momentos en que los argentinos sintieron que estaban divididos; y sintieron que esas divisiones no eran artificiales sino reales, y que merecía la pena adscribirse a uno u otro de los términos en juego. De pronto aparecen valores importantes y se plantea un conflicto muy profundo en torno a él.
Un seguidor de Yrigoyen a principios de siglo estaba dispuesto a morir en la revolución que organizaba su líder, porque luchaba por la soberanía popular, por su derecho a votar. Esto es respetable y así lo dijo nada menos que Pellegrini cuando se trató la amnistía a los revolucionarios de 1905, cuyo centenario recordamos en el mes de febrero pasado.
Allí, cuando se votó la amnistia a los revolucionarios radicales, Carlos Pellegrini dijo en nombre de los conservadores:
“Nosotros los perdonamos, pero quién sabe si la historia nos perdonará a nosotros”.
Este tipo de enfrentamientos sirve para aclarar las cosas, definir valores. Lo ideal es que concluyan con el acatamiento al único arbitraje que una democracia debe respetar: la voluntad del pueblo, pacífica y libremente expresada en las urnas. A veces es así, a veces no...
Y entonces viene la otra serie: la de los pactos, los acuerdos, las conciliaciones, las alianzas. Eso, que se instrumenta de diversas maneras, consiste básicamente en declinar un poco las posiciones propias, para arreglar situaciones que de otra forma podrían hacerse incontrolables.
Esta doble serie de conflictos y armonías, nos dice Félix Luna, jalona toda nuestra historia y uno tiene que admirar tanto a los hombres que supieron encabezar o protagonizar enfrentamientos, como a los que implementaron acuerdos y conciliaciones.
Con ambas series se teje la trama de nuestra historia política. Vivir sólo de enfrentamientos es imposible ya que toda sociedad reclama en algún momento remansarse en la paz, en la fraternidad:
Hay que reconocer que toda Nación es un plesbicito cotidiano, y este plesbicito sólo puede expresarse en el reconocimiento de la validez del otro, del ajeno, del adversario.
Pero tampoco se puede vivir sobre la base de entendimientos permanentes y esa es la lección que arroja la trayectoria del régimen roquista, que dio lugar al nacimiento de la Unión Cívica Radical.
El llamado regimen se fue degradando en la repartija del poder y en la inmoralidad del pacto permanente. Hay tiempos, pues, para los enfrentamientos civilizados. Y hay tiempos también para los acuerdos honorables.
Pero hay que tener en cuenta esto: el mejor acuerdo es el respeto por la Constitución y las leyes fundamentales. Este es el acuerdo básico, la norma que establece límites y contenciones, reglas de juego inviolables, procedimientos que en su reiteración adquieren un respeto sagrado.
No hay que temer los enfrentamientos; hay que tratar, eso sí, de que no se descontrolen. Pero tampoco hay que repudiar las armonías porque la sociedad no es sino un gran contenido de armonías; de códigos y costumbres, de lenguajes y gestos, de leyendas y fantasías, de mitos y realidades.
La sabiduría de los pueblos consiste, seguramente, en saber dosificar sus conflictos cuando es necesario aclarar lo que está oscuro y en administrar sus acuerdos para que sean fecundos a través el tiempo.
NUESTRA TAREA - NUESTRO COMPROMISO
Como dirigente de la Unión Cívica Radical, partido que dignificó la condición del ciudadano otorgándole la soberanía de sus decisiones, defiendo su protagonismo, su autonomía y su identidad, como principal sustento de la democracia expresada en su verdadera dimensión humana.
La defensa de la UCR debe ser nuestra tarea y nuestro compromiso para este tiempo, porque estamos amenazados por la tentación hegemónica del gobierno nacional, cuyas actitudes demuestran cada vez más soberbia y discrecionalidad.
Estamos claramente ante el proyecto del partido único y que nuevamente el país quede preso de internas feroces, que se hacen en función de la acumulación de poder por el poder mismo, recorriendo todos los ámbitos del Estado.
Todos sabemos que las internas del peronismo en el poder han sido siempre el anticipo de las mayores tragedias nacionales.
En el actual escenario, la reforma política que plantea el PJ no es más que un argumento de campaña.
Las deficiencias del sistema electoral son el reflejo más nítido del pobre nivel en que se quiere situar a nuestras instituciones, y nuestra cultura política, donde la acción del justicialismo como partido se confunde con el gobierno del país.
Debiera interesarle más la democratización de su partido y el fortalecimiento de la democracia. Su proyecto de poder desnuda las mayores ambiciones de un unicato en ciernes:
En muchos distritos van a competir contra sí mismos con las boletas del partido y de una línea opositora, para quedarse con los senadores de la mayoría y de la minoría.
Los dirigentes del partido oficialista han instalado un falso enfrentamiento entre lo supuestamente nuevo y lo viejo, entre lo supuestamente sano y lo perverso. Pero nadie se deje engañar con la transversalidad, ni ninguna otra artimaña porque sigue atada siempre al carro del peronismo.
El oficialismo descubre una década después, que las empresas que privatizó el gobierno justicialista con la anuencia de todos sus dirigentes, incluido el actual presidente de la Nación, son el fruto de acuerdos corruptos, con resultados nefastos para el país.
Se burla de nosotros, proponiendo la creación de una nueva empresa estatal de energía cuando todo su partido y sus dirigentes liquidaron la mayores empresas nacionales que eran Yacimientos Petrolíferos Fiscales y Gas del Estado.
El Presidente denuncia la ingerencia de los intereses económicos extranacionales 20 años después de que Raúl Alfonsín fue jaqueado por esos intereses, los mismos que llevaron a Menem a la Casa Rosada, para convertir a la Argentina en un país endeudado, dependiente y carente de decisión sobre los asuntos estratégicos nacionales, para reconocernos como una colonia que asumió relaciones carnales con los Estados Unidos.
El Presidente parece creer que nació ayer, que no tiene pasado ni responsabilidad por su participación en todas las desgracias que hoy aquejan al país. Cambia de identidad como se cambia una corbata o un traje, y nos quiere hacer caer en esa simplicidad mediática de ser inocente de la historia de los últimos años.
Hay que recordarle al señor Presidente, que las ideas y las conductas son permanentes. Que las ideas y los principios de los partidos políticos, no se compran en las estanterías de los shoppings. Se afirman a través del tiempo y se solidifican a través de la historia del partido y su relación con el pueblo.
En política, las ideas permanentes y fieles a una doctrina partidaria se asocian con la honestidad intelectual y ética y con el respeto al mandato popular tantas veces traicionado.
No quieran volver a engañar a la gente. Como hombre de la democracia y como dirigente que he tomado partido, yo admito que los gobernantes pueden cometer errores. Los hemos cometido nosotros y hemos hecho la mayor autocrítica que se recuerde en la Argentina por esa razón.
Lo que no tolero bajo ninguna circunstancia es la hipocresía y la mentira, porque sobre ellas no se puede tener ninguna esperanza en la gestión de un gobierno y en la suerte del país.
NO NOS RESIGNAMOS A UNA MALVERSACIÓN DE LA DEMOCRACIA
Hoy asistimos a una malversación de la democracia, que no consiste sólo en alcanzar el poder por medio del voto, sino asegurar día a día el ejercicio de los derechos, promover la igualdad de oportunidades, proteger la conviviencia, la tolerancia, la libertad y los derechos de las minorías, bajo la plena vigencia de la Constitución Nacional.
Frente a las tendencias totalizadoras, absolutistas y demagógicas de gran parte de los poderes, que operan hoy en el mundo, los esfuerzos por la unión nacional son cada vez más imperiosos, así como la construcción de consensos, para rescatar la acción pública y el rol de la política al servicio del bienestar general.
Creo que si queremos recuperar la credibilidad y la legitimidad perdida en nuestra sociedad, seguramente debemos acordarnos todos los días del camino señero de conducta de hombres como Balbín, cuyas palabras siempre equivalían a sus acciones.
Quiero reafirmar la vocación del Comité Nacional por hacer que el partido vuelva a ser una expresión ciudadana abierta a las necesidades, las preocupaciones y los sueños de la gente. Si esto no fuera así, la UCR se condenaría al aislamiento y se habría perdido la oportunidad de construir un partido moderno y en contacto permanente con las fuerzas sociales.
Hay que expresar las ideas con claridad, para que la gente nos comprenda y nos sepa sinceros. Esto hoy es tan válido como cuando Alem e Yrigoyen dieron forma a una nueva expresión ciudadana, la UCR, para luchar contra el régimen, negarse a las claudicaciones y rechazar la tentación de las ventajas tácticas y todas las formas de oportunismo político.
Tengo la firme convicción de que el radicalismo tiene que actualizar sus programas; sus propuestas, adaptarlas a una nueva realidad y fijar líneas claras que permitan modificar los procedimientos incorporando una más amplia participación.
También debemos renovar sus dirigentes, pero fundamentalmente el radicalismo debe reafirmar su prestigio moral.
La renovación de ideas, métodos y hombres permitirá, no sólo la recuperación de la UCR, sino que también garantizará su representatividad a lo largo y a lo ancho del país.
Este es mi compromiso con los radicales y la sociedad.
Muchas gracias
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