31-08-2001 | General

EL RADICALISMO DEBE RECUPERAR LA ALIANZA PARA LOS ARGENTINOS

Documento de FRANJA MORADA.

Sin dudas nuestro país se debate en una de las crisis, en todos los aspectos, más profundas de su historia. La Argentina de nuestros días, signada por el "triunfo" del discurso neoliberal dominante, se nos presenta con consecuencias de marginación, desocupación, pauperización y exclusión social que alcanzan niveles desconocidos, en un marco de fuerte crisis económica y del sistema político.

En este contexto, y bajo la feroz avanzada del capital financiero, la inusitada concentración de la riqueza, la profundización de la exclusión social, el resquebrajamiento de instituciones corrompidas y despreciadas por una década de menemismo y el desvanecimiento de la representación y constitución de identidades sociales se desarrolla el gobierno de la ALIANZA, pensada ésta desde sus orígenes no sólo como la herramienta que permitiría la alternancia en el sistema político, jaqueada por la pretensión hegemónica de Carlos Menem, sino fundamentalmente como la esperanza de millones de argentinos en una posibilidad de cambio.

Sin embargo, si bien todos éramos conscientes de la dura herencia recibida, que incluso justificó nuestro acompañamiento a medidas poco simpáticas, y de los condicionantes económicos y estructurales que enfrentaría nuestro gobierno, jamás no imaginamos que la direccionalidad política del mismo desconociera, en términos políticos y económicos, las razones de su constitución y su compromiso ante nuestro pueblo.

Aquella idea de materializar un gobierno de carácter progresista que pusiera fin a una década de desguace institucional, concentración de las riquezas y profundización de la exclusión social vemos hoy como se desvanece ante un gobierno que no sólo se muestra políticamente incapaz de conducir esa transformación sino también, y esto es más grave, ideológicamente convencido de articular una estrecha Alianza de derecha con el capital financiero, dándole la espalda a su propuesta original y a millones de argentinos que perciben perplejos como aquella última luz de esperanza se apaga desafiando, una vez más, la posibilidad de volver a creer.

En no más de un año y medio de gobierno, De la Rúa no sólo dilapidó todo el capital político y el consenso social con el que la Alianza accedió al poder sino que además, optó por una alianza con los sectores más concentrados de la economía para desconocer y disgregar el sentido de aquella que lo llevó al gobierno y para ratificar el rumbo del modelo imperante.

Los personeros del pensamiento único y culpables de nuestra situación y los asesores mediáticos devenidos en estrategas aconsejan al Presidente, y éste acepta, las recetas del ajuste tras ajuste sin pensar siquiera políticas de atención de los sectores más postergados, así como el desprecio por la Alianza que le dio la posibilidad de acceder al gobierno, de sus principios y los actores que la componían.

A tal punto hemos llegado que corremos el riesgo los radicales, de perder una de nuestras banderas más caras: la defensa de la Educación Pública. Porque resulta que es un presidente surgido de las filas de la Unión Cívica Radical, partido que fue históricamente identificado por el pueblo argentino como promotor y defensor de las escuelas, los colegios, los profesorados, la educación pública, impulsor de la Reforma Universitaria de 1918, quien recorta salarios docentes, de investigadores, que se permite abrigar en su gabinete a defensores de la universidad restricta, de las escuelas charter, del arancelamiento, de restringir el ingreso. En definitiva si no somos capaces de hacer reflexionar al Presidente, corremos el riesgo de perder definitivamente esa bandera.

Seguramente, como parte del absurdo, querrán hacernos responsables también a nosotros de su propio fracaso. Pero ya no. Con disgusto entendimos las demoras en la implementación del programa de la Alianza porque éramos conscientes de la herencia recibida. Comprendimos la necesidad del blindaje ante la falta de financiamiento del Estado, porque creímos que así recuperábamos en parte su autonomía frente al mercado. Vimos pasar con desazón, la inadmisible delegación de poderes en el ejecutivo nacional y su ministerio de economía que resentía aún más nuestra alicaída democracia. No objetamos la política de equilibrio fiscal ni apostamos a la cesación de pagos de la deuda externa porque sabemos que ello afectará aún más a los sectores desposeídos, aunque afirmamos que en las condiciones en que está planteada resulta imposible seguir pagando intereses usureros mes a mes, por lo cual es necesaria su inmediata reestructuración. Advertimos también, que el problema argentino no se reduce solamente a las características del déficit fiscal, sino a la incapacidad de reconstruir el sistema productivo, incentivar el mercado interno y revertir la regresiva distribución de la riqueza. Pero lo que resulta definitivamente intolerable es que una vez más el ajuste se realice sobre las espaldas de los sectores más castigados provocando una nueva y fenomenal transferencia de recursos de los sectores populares al sector financiero. No puede ser que en nuestro país tenga más derechos un accionista o un tenedor de bonos de la deuda pública, que un jubilado, un maestro, un estudiante, un trabajador.

El neoliberalismo, al menos en la versión de los países subdesarrollados, es incompatible con la democracia. Aunque los voceros académicos, políticos y mediáticos del sector financiero, empresas multinacionales y algunos grupos nacionales beneficiarios del actual esquema económico, insistan que Argentina no tiene otro camino que pagar la deuda externa en las condiciones que se le exigen y profundizar el ajuste, la desregulación y la apertura absoluta de su mercado. Es eso o el abismo, plantean. En otras palabras, más de la misma receta que ha conducido al país a la virtual cesación de pagos, a la recesión más larga de su historia y a una crisis social sin precedentes.

Pero nosotros, hombres y mujeres del radicalismo, jamás creímos en salidas únicas. Es posible salir del neoliberalismo y del ajuste permanente que genera más recesión y más pobreza, encarando la reactivación mediante una reforma tributaria razonable y consensuada, regulando el comercio exterior apostando al Mercosur y renegociando la deuda. También, y de manera imprescindible para la viabilidad del plan, la instauración de un verdadero blindaje social, que combata el hambre pero que además agregue dignidad a través de la educación de jefas y jefes de hogar desocupados. Será posible así aportar un mínimo de equidad además de derramar sobre la economía un mayor consumo popular. A ello debería sumarse un profundo debate sobre el sistema de convertibilidad, asumiendo las dificultades que una salida abrupta del mismo implicaría, sobre todo para la clase media endeudada en dólares, pero aceptando la necesidad de desprenderse, aunque de manera pautada, de la mordaza que el mismo significa para el crecimiento del país. También, y de manera imprescindible, consagrando definitivamente a la educación pública y gratuita en todos sus niveles como la política de inclusión e igualación social más importante con las que cuenta el Estado en la construcción de una democracia social.

Para encarar estas transformaciones es necesario un amplio consenso político y social, única base sobre la cual, un desafío como éste tiene chances de resultar exitoso. Sólo un programa como éste daría sentido a un gobierno de unidad nacional, que potencie la democracia y no que pretenda suprimirla con la excusa de la emergencia nacional. En definitiva el camino de la Alianza, la cual en sus orígenes fue planteada como una instancia abierta a la incorporación de otras expresiones progresistas, lo que fue rápidamente desvirtuado con el alejamiento de actores fundamentales, la mutación del programa original por las políticas de ajuste ortodoxo y finalmente la expresión política de ese travestismo: la incorporación al gobierno de Cavallo y su partido. Los radicales nada tenemos que ver con uno ni con otro. Es hora de poner las cosas en su lugar. En la Argentina hay partidos de derecha y el radicalismo no es uno de ellos. Entonces, que Cavallo ocupe su lugar; en el radicalismo, en la Alianza, y en otras expresiones progresistas, hay suficientes hombres y mujeres honestos y de buena voluntad capaces de sacar a la Argentina de la crisis.

Por eso es que entendemos que Fernando De la Rúa aún está a tiempo de modificar el marco de alianzas por derecha con el que gobierna y apoyarse nuevamente en las fuerzas políticas, gremiales y sociales que le permitieron acceder al gobierno, así como en el programa original de la Alianza. Si lo hace, que no le quede ninguna duda al Presidente, los militantes de la Franja, de la Juventud, del radicalismo profundo que habita cada rincón de nuestra patria, seremos los más firmes sostenedores de su gobierno, porque habrá vuelto a ser el gobierno de la Unión Cívica Radical y de la Alianza. No importa tanto ganar una elección, no son las derrotas en las urnas las que nos acobardan a los radicales. El radicalismo fue creado desde el llano al poder y se propagó horizontalmente por nuestro país, constituyendo una red cívica en una época signada por la exclusión y el fraude generalizado. Entendimos siempre la necesidad de acceder al poder para la consecución de nuestros fines, pero nunca entendimos al poder constituyéndose en nuestro propio fin.

Que no le quede ninguna duda al Presidente de la Nación. Los radicales no nos avergonzamos de nuestros gobiernos cuando ellos sostienen, aún en el error, la lealtad inquebrantable con nuestro pueblo. Pero que tampoco le queden dudas al presidente, que si no cambia la dirección ideológica de su gobierno no vamos a dar un solo paso más para acompañarlo. No más. El sufrimiento del pueblo argentino nos va a convocar, de persistir el Gobierno en su autismo, a formar parte de la trinchera de siempre, al lado de los desposeídos.

MESA NACIONAL FRANJA MORADA


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