20-08-2010 | La UCR en los Medios
“EL PAÍS CRECIÓ A PESAR DE LOS KIRCHNER”
Ernesto Sanz, presidente de la UCR, analiza las posibilidades electorales del Acuerdo Cívico luego del alejamiento de Elisa Carrió y describe el escenario de cara a 2011
Desde diciembre de 2009 está al frente de la Unión Cívica Radical, con el objetivo de recuperar al partido como alternativa de poder. Senador nacional y artífice del Acuerdo Cívico y Social, el mendocino analiza en esta entrevista los pormenores de la ruptura con Elisa Carrió y los entretelones de la disputa interna entre Ricardo Alfonsín y Julio Cobos para representar al espacio en las presidenciales de 2011. Además, comenta los problemas de construcción del espacio opositor, acentúa sus críticas al kirchnerismo e intenta conjurar los recuerdos (y los fantasmas) de la crisis que terminó con la Alianza en 2001.
¿Qué queda hoy de aquello que fue el Acuerdo Cívico y Social?
Queda lo más importante, el electorado, la gente que lo votó, y que hoy debe estar preocupada porque las señales de los dirigentes que compusieron ese acuerdo no son todo lo acorde que esa gente querría. El electorado pretende, con todo derecho, que este espacio brinde previsibilidad, confianza, seguridad y capacidad de gobierno en la sucesión de los Kirchner. Y, hasta aquí, en verdad, todavía no hemos sido capaces de garantizar todas estas cosas, pero creo que estamos en el buen camino.
A pesar de las diferencias internas que se hicieron públicas.
A pesar de esas diferencias. Es un signo de madurez que estas diferencias se puedan explicitar, se puedan blanquear y se puedan superar. De todos modos, el Acuerdo Cívico y Social, como alternativa al modelo de Kirchner, sigue teniendo vigencia en el electorado y en muchos de nuestros dirigentes.
Cuando se refiere a dirigentes que no han estado a la altura de las circunstancias o acorde a las expectativas, supongo que no se refiere sólo a Elisa Carrió.
No, incluyo a todos, sin hacer personalismos. El Acuerdo fue una expresión muy contundente de necesidad de una alternativa. A mi juicio, el kirchnerismo es un modelo que tiene muchas virtudes vinculadas a la acumulación de poder y muchos defectos vinculados a la proyección de un país a mediano y largo plazo. Cuando la gente nos votó, el año pasado, lo hizo con la esperanza de que se construyera ese país. Desde el radicalismo asumimos esa responsabilidad.
¿Hay retorno con Carrió?
Sí. Es posible. Nunca voy a cerrar esa puerta. Pero creo que será factible en la medida en que Carrió defina si las coincidencias que pueda tener con los demás integrantes del espacio son más fuertes que las diferencias. En estos últimos días se hizo evidente que las diferencias eran más que las coincidencias y, por lo tanto, había que establecer un corte allí. Fue lo que pasó.
Entre las razones que Carrió dio en su carta, para distanciarse, mencionó la necesidad de no repetir la experiencia de la Alianza. ¿Le preocupa que eso pueda instalarse como eje de campaña o como fantasma?
No hacía falta que lo dijera Carrió. Es una preocupación de nosotros y, a la vez, es una carta que, seguramente, se guarda el Gobierno para sacarla en épocas electorales, agitando un fantasma que, obviamente, le puede generar algún rédito. De los fantasmas, de los prejuicios, se sale con una construcción sólida que sea capaz de convencer a la gente. Por ejemplo, con protagonistas que no tengan que ver con aquella historia, por lo menos de manera directa o profunda. Además, felizmente, tenemos un país diferente al de 1999. No hay una Convertibilidad que le vaya a explotar inexorablemente al gobierno que venga y, si bien es cierto que este gobierno va a dejar sembradas minas que van a explotarle al próximo, con inteligencia, con un buen programa y con solidez de gobierno se pueden sortear.
Una sensación que siempre queda flotando es que los radicales terminan fagocitando sus posibilidades en una interminable puja interna.
Hay de eso en la historia, pero no en el presente. No lo veo así. Veo que hoy el radicalismo está muy fuertemente unido hacia adentro y que sólo tiene como supuesta diferenciación a dos precandidatos competitivos, que representan cosas diferentes, que tienen personalidades diferentes, que tienen apoyos diferentes, pero que están conviviendo de una manera racional, madura, pacífica. Al final del camino, las reglas de juego van a dejar a uno en carrera. Listo. Muchas veces el radicalismo no ha podido o no ha sabido procesar sus diferencias internas. Me hago cargo, pero éste no es el caso.
Circuló la versión de que el Acuerdo no esperaría a la interna de agosto para definir su candidato. ¿Qué hay de cierto?
Es un tema de debate de estos días, en el que hay opiniones diversas. Personalmente creo que el 14 de agosto es tarde para instalar un candidato a presidente con un mes y medio para hacer muchas cosas que deberían hacerse en seis u ocho meses. Por ejemplo, mostrar una agenda exterior, un contacto con el exterior para decirle al mundo por qué se quiere gobernar a la Argentina y los compromisos que asumirían; mostrar una agenda sindical, una agenda empresaria… Esa fecha cada vez me gusta menos, pero la Ley Electoral está vigente. Vamos a tener que hacer dos cosas: o encontrar un mecanismo interno y muy cerrado, o esperar al 14 de agosto.
Consenso o internas.
Claro. Es lo que está en debate. Podemos encerrarnos trescientos dirigentes a discutir el tema, pero convengamos en que no es sencillo.
¿Usted se mantendrá prescindente?
Sí, soy el presidente del partido y trabajo para que los dos candidatos tengan, a su lado, una organización política con suficiente volumen, peso y trascendencia que les permita llegar al gobierno. Pero también debo decir que pertenezco a un movimiento interno dentro del partido, que se llama Morena, que está naciendo y que impulsa la candidatura de Ricardo Alfonsín. Obviamente, trato de ser lo más objetivo posible, pero tampoco voy a ocultar mi pertenencia.
La fórmula Alfonsín-Binner estaría más cerca de esa preferencia, entonces.
No. Esa pregunta tiene que ver con preferencias que no estoy en condiciones de anunciar. En su momento, como un afiliado más del radicalismo, asumiré una definición. Pero quiero ser claro: soy presidente de un partido que hoy tiene dos candidatos y que trata a los dos de la misma manera.
Hace unos días, en su columna en La Nación, Joaquín Morales Solá decía que, para algunos empresarios, usted era el candidato indicado.
Quizá sea porque hasta aquí he sido el único dirigente radical, con alguna responsabilidad dentro del partido, que ha ido a dar debates a todos los foros, algunos de ellos, foros empresarios. Por lo tanto, conocen mi pensamiento. Aparentemente, el pensamiento de mediano y largo plazo sobre el país que expuse, ha entusiasmado a muchos de ellos. Pero no es mi pensamiento, sino el del radicalismo. Sólo aspiro a que estas mismas cosas propuestas las haga Cobos o Alfonsín, y que sean ellos mismos los que entusiasmen y seduzcan a esos sectores.
¿Descarta la posibilidad de ser candidato?
No está en mis planes ni en mi agenda de trabajo. Me veo construyendo volumen partidario para cualquiera de los dos. Pero también debo decirle que soy un hombre de partido y, por lo tanto, voy a estar siempre donde el partido me diga dónde debo estar.
¿Abre la puerta?
Simplemente, eso que le dije.
Carrió tiene un caudal de votos estimable, menor que en otras épocas, quizá. Más aún, sus votos son opositores y de cierta raigambre radical. Al dividir votos, seguramente, complique las chances del Acuerdo. ¿Le preocupa?
En términos de hoy, nos preocupa, porque es un desprendimiento cuantitativo y cualitativo del Acuerdo Cívico y Social. En términos de construcción futura, dependerá de la inteligencia nuestra y de la posibilidad, inclusive, de volver a encontrarnos en algún momento para que eso no se traduzca en una disminución de votos. Por un lado o por el otro, confío en que esto no genere una afectación cuantitativa.
Hace poco menos de un año, el gobierno de los Kirchner parecía abatido y cercano al final de ciclo. Las cosas parecen hoy haber cambiado mucho. ¿Cuál es su análisis?
Nunca hablé de ciclo concluido, porque esa frase tiene mucho de falso. En algunos momentos han tenido mayor aceptación, en otros momentos, menos, pero los Kirchner nunca van a dejar de pelear. Ellos sólo piensan en términos de modelos de poder y los modelos de poder no concluyen tan fácilmente. En la recuperación del kirchnerismo hay un factor ajeno a ellos que es la recuperación de la economía…
¿Por qué lo dice?
Porque no han hecho absolutamente nada para que ello ocurra. Al contrario, han utilizado las herramientas del Estado en contra de la recuperación de la economía. Por ejemplo, la recuperación del sector agrícola fue producto de factores externos, como el precio de los commodities.
En el pasado, las crisis internacionales se enfrentaban con ajustes. Más allá de las formas, esta vez se enfrentó con impulso de la demanda agregada. Ése puede ser un gran mérito.
La crisis internacional no tuvo impacto interno.
Desde el kirchnerismo le pueden decir, apelando a la historia, que fue gracias a determinadas políticas activas.
No. Ésta fue una crisis financiera y la Argentina es un país no dependiente del circuito financiero mundial. Sí tuvo impacto en la retracción de la demanda de nuestros productos o en cuanto al valor de algunos de nuestros commodities, pero no fue una crisis que haya impactado como impactó en los países que estaban en el corazón del circuito financiero internacional. Es más, reacomodado el mundo al momento poscrisis, la Argentina empezó a sufrir los efectos beneficiosos de esa situación.
¿No es muy osado decir que la recuperación de la economía se dio a pesar del gobierno que condujo el país en ese tiempo?
Yo pienso eso. El país creció a pesar de los Kirchner. Con los Kirchner pasa como lo que pasaba en un pueblo en el interior del país, en donde se había colocado un cartel que decía: “Éste es un pueblo que ha crecido a pesar de sus gobernantes”. Acá pasa eso. Me niego a comparar a la Argentina de este momento con la del 2001-2002, que es el ejercicio perverso al que constantemente nos intenta someter el Gobierno. A la Argentina hay que compararla no con el pasado, sino con lo que podría ser si el kirchnerismo hubiera actuado de manera correcta. Si Guillermo Moreno, gran interventor del Estado en la economía, hubiera sido un tipo eficaz, hoy tendríamos la cadena de la carne en plena producción y está echa pelota. Lo mismo la cadena de la leche o del trigo. Lo que sucede con la fuga de capital, que iguala el monto de las divisas. Por eso digo que la pregunta no es ésa, sino cuánto sería el índice de crecimiento de la Argentina si acá se hubieran hecho bien las cosas.
Si ya resulta difícil escindir o abstraer una cosa de otra, mucho menos lo es en la Argentina, con la historia económica que tiene.
¿Por qué el oficialismo no acepta que, cuando compara el pasado, no meta dentro de ese activo potencial, a los beneficios de un contexto favorable que, por ejemplo, la Alianza no tuvo? Me hago cargo de los errores de la Alianza, pero también hay que conceder que el mundo, en ese momento, estaba en contra de la Argentina. En la campaña, estoy dispuesto a debatirlo. Trato de meterlo en la cabeza de todos los radicales: no nos tienen que llevar a comparar el pasado, sino que tenemos que llevar la discusión al lugar donde se pueda comparar cómo podría haber sido este presente.
¿Cuánto puede impactar este crecimiento en el resultado del año próximo?
En la Argentina, mucho. Éste es un país que, por tener demasiado atado los procesos económicos con los procesos políticos, la mayor o menor bonanza económica impacta directamente. Aunque hay que admitirlo, la recuperación de los Kirchner también se debe a que, en la vereda de enfrente, la oposición todavía no ha podido construir una alternativa.
El Acuerdo y la gobernabilidad futura
¿Cuán distinto sería un gobierno del Acuerdo? ¿Cuánto de continuidad y cuánto de ruptura?
Un amigo dice que el radicalismo no puede proponer lo mismo, pero con honestidad; lo mismo, pero con previsibilidad; lo mismo, pero con seguridad jurídica. Porque ese “lo mismo” significa algunas cosas que, si queremos transformar el país, tenemos que ser capaces de plantear. Uno de los logros del kirchnerismo fue haber generado, desde el Estado, políticas sociales en beneficio de sectores postergados y con una enorme brecha de desigualdad. Pero todas esas ventajas las ha otorgado a través de prestaciones dinerarias: jubilaciones, asignación universal por hijo…
Hay que reconocer que esas prestaciones dinerarias también significaron ampliación de derechos.
Por supuesto. El gran desafío de un gobierno progresista en serio, para el futuro, supone utilizar las herramientas del Estado a través de prestaciones no dinerarias. Mantener las dinerarias, obviamente, pero poner el énfasis en las no dinerarias. Por ejemplo, infraestructura social básica. Es decir, hacer de un asentamiento marginal un lugar con asfalto, con cloacas, con vivienda digna. El Estado, hoy no está haciendo eso. No soy un opositor que se dedica todos los días a decir que estos tipos no han hecho nada bueno. Quizá tengamos la misma idea con respecto al rol del Estado. Un Estado que, en vez de estar ausente, como en los noventa, o al servicio de las corporaciones, esté al servicio de superar la brecha de desigualdad. Ahora, difiero mucho en cuanto a las herramientas, porque quiero ser distinto del kirchnerismo. Quiero generar, por ejemplo, una verdadera nueva burguesía nacional a partir de un capitalismo moderno y no lo que hizo el kirchnerismo, que generó un recambio de dueños de la Argentina, que nacieron al amparo del capitalismo amigo del poder.
¿Con qué esquema de gobernabilidad se ven gestionando en 2011?
Me gustaría que la principal fortaleza de gobernabilidad sea el poder social, el poder de la sociedad en manos de los ciudadanos y de las organizaciones sociales democráticas. Pero ésta es una idea muy utópica, que no tiene que ver con la conformación del tejido social del país. Mucho menos con el que van a dejar los Kirchner. Si la Argentina de los primeros años de la recuperación democrática tenía un tejido social peligroso por el predominio de las corporaciones, la que dejan los Kirchner lo es por el peso de las corporaciones nacidas al amparo de su poder. Por ejemplo, las organizaciones sociales propias y las organizaciones sindicales aliadas, con mucho dinero en su poder, que van a ser un problema para el próximo gobierno.
¿Y entonces?
Hay quienes piensan, dentro de mi partido, que esas organizaciones, al ser manejadas con plata, también pueden ser nuestras aliadas, con los recursos que les otorguemos. Ahora, esto no lo veo posible, ni me gusta. Sería cambiar el dueño del circo, pero seguir teniendo el mismo escenario, los mismos artistas y los mismos vicios. Primero, me gustaría armar un acuerdo de gobernabilidad desde la política. En ese sentido, una segunda vuelta podría ser un escenario interesante para forjar un acuerdo de gobernabilidad. Segundo, imagino la posibilidad de que se cumpla algo que alguna vez le escuché decir a Eduardo Duhalde y me pareció revolucionario. Dijo: “La Argentina va a ser distinta, el día que el radicalismo demuestre que sabe gobernar y que el peronismo demuestre que deja gobernar”. Si podemos hacer ese acuerdo con los sectores del peronismo que estén dispuestos, habremos avanzado.
¿Lo ve posible?
Sí, absolutamente. Muchos dirigentes políticos hoy sienten en carne propia la necesidad de darle gobernabilidad al próximo período en la Argentina. Y yo confío en esa posibilidad. Dirá que puede ser una utopía, déjeme que siga confiando.
Etiquetas: acuerdo cívico y social | Ernesto Sanz | elecciones
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