23-01-2006 | La UCR en los Medios
ESTE GOBIERNO NO ES FASCISTA
Por Adolfo Stubrin (Presidente de la Honorable Convención Nacional de la Unión Cívica Radical)
Fuente: Diario Clarín
http://www.clarin.com
Con toda la gravedad que tienen las amenazas vigentes contra la plena institucionalidad democrática, no compartimos el calificativo de fascismo que desde varias tribunas políticas se dirigen contra el grupo en el poder y contra el Gobierno mismo.
El fascismo fue un siniestro fenómeno político y después estatal que culminó en Italia con la instauración de un sistema social totalitario, abatido con mucho sacrificio al cabo de la Segunda Guerra mundial.
A lo largo del siglo XX para los demócratas de todo el mundo, fascismo se integró al léxico político como una palabra categórica, que describía diversos rasgos de una realidad política pero, antes que ningún otro, la incorporación de la violencia sobre las ideas y los cuerpos como instrumento de acción oficial del partido en el poder y del Estado.
El uso del término fascismo fue muy amplio, a veces certero, a veces difuso y abusivo.
Pero esa experiencia ha enseñado que es casi la única palabra capaz de expresar con suficiente precisión la pérdida de las garantías constitucionales y el peligro inminente sobre el sistema de libertades públicas de un país.
El radicalismo ha dado reiteradas veces el alerta sobre la actual situación de nuestra Argentina, la distorsión de las reglas electorales, la corruptela sobre los recursos públicos, las presiones contra la prensa, el coqueteo con la acción directa, la concentración de atribuciones presidenciales, el gobierno por decreto, la erosión de la autonomía provincial y municipal, la ignorancia sobre la oposición y su rol institucional y, ahora mismo, el intento de avasallar el Consejo de la Magistratura.
Con intransigencia denunciamos cuanta maniobra del poder atenta contra la integridad de las instituciones o administra con arbitrariedad los asuntos públicos, corriendo el riesgo de arruinar la actual oportunidad de desarrollo genuino con que contamos los argentinos.
A la vez, diferenciamos alerta de alarma. El momento de la alarma no ha llegado y es deber de la oposición evitar que llegue. Si tuviera que darse, la palabra fascismo debiera estar disponible y no malgastada. El posicionamiento opositor o la propaganda política no justifican, para nosotros, que se esterilice una herramienta insustituible de la comunicación política. La pereza intelectual, tampoco.
Es curioso que una sedicente centroderecha y una sedicente centroizquierda coincidan en agitar en estos días la denuncia de fascismo como forma de obtener su propia instalación política. Un calificativo político como fascismo, para quien lo use con autenticidad, no tiene retorno e implica que la dialéctica de la enemistad ha desplazado al juego de la competencia y que un futuro de quiebre o de colapso es esperado como destino inevitable. No estamos de acuerdo con ese sentido de fatalidad.
Explicar la situación argentina se hace complejo por varios motivos: en parte como característica de nuestra trayectoria histórica, en parte como resultado de la novedosa dinámica de los asuntos mundiales y también en parte, por qué no decirlo, por el atraso de los argentinos en conceptualizar nuestra propia realidad.
Sabemos que gravitan sobre el Gobierno la tradición y el modo de producción peronista, que conquista el poder, lo unifica en manos del jefe, una vez consagrado Presidente, y lo ejerce según la técnica del régimen plebiscitario. Esa matriz permite que una corriente académica clasifique a la Argentina entre los actuales populismos latinoamericanos.
El adjetivo patrimonialista, que se refiere a la disposición de los asuntos y la propiedad pública como bienes particulares de los gobernantes, también ha sido aplicado como lógica extensión del conocido desempeño del Presidente y su grupo en el gobierno de Santa Cruz.
En resumen, no faltan términos apropiados para caracterizar y transmitir los rasgos que asume la situación argentina. Más aún, antes o después nuevas expresiones serán seguramente acuñadas para ilustrar lo que pasa, como ocurrió recientemente con el verbo "borocotizar".
Pero de fascismo hablaremos sólo si no tuviera ya sentido votar porque los comicios son pura manipulación de un poder basado en la fuerza y desdeñoso de la soberanía popular; si y sólo si ya no se pudiera hablar porque hay censura o persecución física o intelectual de los opositores y disidentes; si y sólo si las instituciones ya no deliberaran ni ejercieran control efectivo sobre la república porque son copadas y neutralizadas desde el Poder Ejecutivo.
Mientras tanto, para aventar de nuestro espacio público el espectro del fascismo es preciso alertar, sin falsas alarmas, sobre las múltiples conductas y técnicas del Gobierno que podrían estar incubándolo, garantizar la independencia de la oposición y luchar con determinación y creatividad para conquistar el diálogo institucional y la rectificación de los errores, condiciones esenciales para el éxito de cualquier construcción republicana.
Etiquetas: Adolfo Stubrin | Convención Nacional | Denuncia | Presidente | República
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