04-02-2005 | La UCR en los Medios
UNA GESTA FRUSTRADA QUE DIO RESULTADO SIETE AÑOS DESPUÉS
Fuente: Diario La Nación
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Por Félix Luna
Se dijo que fue un rayo en día claro. Efectivamente, aunque el gobierno de Quintana sabía que los radicales conspiraban y hasta disponía de datos concretos provenientes de delaciones, nadie esperaba un estallido tan generalizado y ejecutado con tanta decisión.
Fue hace cien años, el 4 de febrero de 1905, a la madrugada, cuando elementos civiles intentaron copar el Arsenal de Guerra y varias comisarías en la Capital Federal. Fracasaron, pero los revolucionarios lograron el control de los regimientos de Bahía Blanca, Córdoba y Mendoza, y, parcialmente, el de Rosario. En Córdoba y Mendoza se formaron sendos gobiernos provisionales y las tropas de Bahía Blanca se embarcaron en tren para apoyar el movimiento en la Capital Federal.
En Córdoba lograron detener al vicepresidente de la Nación, Figueroa Alcorta, y al hijo de Roca; intentaron capturar al ex presidente, pero éste consiguió escapar de su estancia La Paz.
Pero el fracaso de la toma del Arsenal de Guerra fue determinante para la suerte del alzamiento: las tropas del recientemente formado acantonamiento de Campo de Mayo avanzaron sobre Buenos Aires en apoyo delgobierno. Las tropas de Bahía Blanca mataron a los dirigentes civiles que los habían encabezado; en Rosario el orden se restableció pronto y en Córdoba los insurrectos se dispersaron. En Mendoza, el "Gaucho" Lencinas se mantuvo tres días, pero ante el avance de fuerzas leales, él y sus compañeros huyeron a Chile.
La prensa de la época registró la estupefacción con que el público se enteró de la revolución radical. "Locos de Verano", se los llamó burlonamente, y Caras y Caretas afirmó que en lugar de fuerzas armadas debió haberse mandado para sofocar el movimiento a un grupo de médicos de locos provistos de mangueras y chalecos de fuerza...
Nada justificaba el alzamiento, se decía.
La Revolución de 1890 había estallado en medio de una abrumadora crisis económica. En 1905, en cambio, se vivía un momento de prosperidad sostenida.
Los movimientos de 1893 habían tenido lugar en un contexto de conflictos institucionales que afectaban la gobernabilidad. Ahora, en cambio, el gobierno de Quintana había sucedido al de Roca con total normalidad. La frustrada revolución de hace cien años parecía un disparate, algo carente de razón y lógica.
Y sin embargo... En la Argentina rica de principios del siglo XX existía un agujero negro: el sistema representativo.
Siguiendo el esquema de Alberdi, la generación que acompañó a Roca había otorgado amplias libertades civiles a la sociedad, respetado las formas republicanas, afirmado la independencia de los poderes. Pero elegir a sus gobernantes... ¡eso no! Hasta que no cambiara el perfil del pueblo argentino; hasta que el electorado no fuera instruido y maduro, el país sería regido por una elite patriota y de amplia visión que se haría cargo de la cosa pública, libre de la gabela de la demagogia y las urgencias electorales.
Este era el sistema que cuestionaba el radicalismo. Descalificaba la política de acuerdos, base del régimen, como corruptora de la vida pública. Negaba la legitimidad de los gobiernos surgidos del fraude permanente. Reclamaba un sistema electoral transparente. Predicaba la ética como valor supremo de la política, y por eso no aceptaba unirse a otras fuerzas cívicas, porque todas eran, a su juicio, cómplices del actual estado de cosas. El radicalismo no participaba en elecciones y se definía como una gran cruzada nacional, organizada en todo el país, incólume en su pureza, sin mancharse con las repartijas de poder que constituían la naturaleza del orden existente.
Tal ideario se encarnaba en el jefe de la fracasada revolución del 4 de febrero de 1905. Hipólito Yrigoyen había tomado sobre sus hombros la tarea de reorganizar la Unión Cívica Radical después de la desaparición de Alem y urdió, con paciencia infinita, la compleja red de la conspiración.
Soltero, rico, de 53 años en ese momento, seductor en sus maneras y misterioso en el trámite de su conducción, este hijo de vasco se había consagrado totalmente a la causa que, a su juicio, era "la de la patria misma". Yrigoyen logró la hazaña de convencer a civiles y militares en la riesgosa aventura revolucionaria.
Los distinguidos profesionales asesinados en Pirovano por las tropas de Bahía Blanca; los jóvenes oficiales que perdieron su carrera y fueron confinados en Ushuaia; los civiles que se vieron obligados a marchar al exilio; el propio Yrigoyen, que asumió ante la Justicia todas las responsabilidades del movimiento que gastó parte de su fortuna ayudando a presos y desterrados que fueron el testimonio vivo de que en plena era del progreso económico había argentinos dispuestos a brindar lo mejor de sí -la vida, por caso- para que el país se refundara sobre otros valores.
Así lo entendió Carlos Pellegrini, que juzgó críticamente el movimiento, pero admitió, con esa grandeza que era propia de su espíritu, que el hecho cívico-militar no había sido una vulgar asonada porque obedecía a un estado de cosas forzado que no podía alargarse indefinidamente. "Nosotros los perdonamos -prorrumpió dramáticamente Pellegrini al debatirse un año más tarde la amnistía-, pero ¿quién nos perdona a nosotros?"
Solo él, entre los prohombres del régimen, pudo haber dicho esas palabras. Pero no fue el único en apreciar la significación profunda del fracasado movimiento. Figueroa Alcorta, convertido en presidente por fallecimiento de Quintana, sintió la necesidad de entrevistarse con Yrigoyen varias veces para conversar sobre la posibilidad de mejorar el sistema electoral. Tales entrevistas, que el jefe radical puso en conocimiento del Comité Nacional de su partido, no dieron frutos inmediatos, aunque marcaron la creciente importancia de la Unión Cívica Radical como polo opositor, y fueron un antecedente decisivo para apuntalar la voluntad de Roque Sáenz Peña, siete años después de la revolución, para clausurar definitivamente el agujero negro del régimen.
No, aquellos hombres no fueron "locos de verano". Fueron compatriotas que merecen respeto y reconocimiento, a cien años de aquella derrotada gesta que ahora miramos como uno de los pasos que llevaron a la Argentina a la democracia.
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