24-06-2011 | Notas de Opinion

RESPETAR LA CARTA MAGNA

Por Ricardo Gil Lavedra, para Clarín

Siempre he pensado que el hiperpresidencialismo argentino, tal como se lo ejecuta en la práctica, contradice los ideales republicanos, genera inestabilidad, y resulta un obstáculo para la cooperación y la búsqueda de consensos. La UCR propició en el gobierno de Raúl Alfonsín un sistema semipresidencialista, con alguna analogía con el francés y con los que hoy tienen muchos países de Europa del Este. Pese a sus aspiraciones, las enmiendas constitucionales de 1994 han fracasado en su intento de atenuar al presidencialismo.

Han comenzado a circular con insistencia versiones según las cuales la Presidenta, en caso de que fuera reelecta, impulsaría una reforma tendiente a instalar un régimen parlamentario. Se afirma que, de esa manera, podría aspirar a una prolongación de su mandato, eludiendo así la debilidad propia de los presidentes que ya no tienen reelección.

El argumento carece de seriedad. Cualquier reforma constitucional que aspire a ser legítima y perdurable, debe partir de propósitos sinceros y de un generoso debate que culmine en un extendido consenso acerca de las modificaciones necesarias. No resulta creíble que un gobierno que ha concentrado y personalizado brutalmente el poder, que ha avasallado las facultades del Congreso, que ha incumplido sentencias judiciales y que ha desconocido cualquier control al ejercicio discrecional de sus atribuciones, esté dispuesto realmente a cambiar el régimen que posibilita sus excesos.

El próximo gobierno necesariamente va a requerir amplios consensos, pues no va a contar con mayorías propias en el Congreso. La Constitución vigente admite la posibilidad de flexibilizar el presidencialismo, de tener gabinetes políticamente plurales y de utilizar al Jefe de Gabinete como nexo frente al Parlamento. L a Argentina que deseamos necesita apego a la ley, diálogo y acuerdo. La Constitución no es un impedimento insuperable para ello. Recorramos entonces honestamente ese camino, sin recurrir a maquillajes retóricos que encubren malamente la vocación de perpetuarse en el poder.

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