El presidente del Comité Nacional de la UCR, Raúl Alfonsín, recibió el pasado 30 de octubre en Mendoza,
el doctorado honoris causa de la Universidad de Congreso de esa ciudad.
Estos son los párrafos más importantes de su disertación, llevada a cabo seguidamente de recibir el premio de manos de las autoridades de esa casa de altos estudios.
Discurso del doctor Alfonsín
“Hacia nuestra Argentina, argentinos insomnes; hacia una Argentina difícil, no hacia una Argentina fácil. Hacia un estado de inteligencia, no hacia un estado de grito. Quiero decir con inteligencia: la puesta en marcha de una desconfianza en nosotros mismos junto con la confianza; sólo esto es fecundo. Mientras vivamos durmiendo en ciertos vagos bienestares estaremos olvidando un destino. Algo más: la responsabilidad de un destino. Quiero decir con inteligencia la comprensión total de nuestra obligación como hombres, la inserción de esta comprensión viva en el caminar de nuestra nación, la inserción de una moral, de una espiritualidad definida, en una actividad natural.”
“Es necesario ir hacia ello, no detenerse, argentinos, argentinos sin sueño, argentinos taciturnos, argentinos que sufren la Argentina como un dolor de la carne.”
“Estamos abocados a males tantos, en esta tierra de tanto sol y tanta tierra y tanto cielo, que yo no veo remedio, para salirles al paso, más que el fruto que dé una categórica, radical, rotunda movilización de las conciencias. Movilización es maduración: cuando todas las partículas de un organismo vivo se ponen en extremo movimiento, en agitación, es cuando ese organismo va a dar sazón a su fruto, cuando todo ese organismo se mueve en el sentido de su secreta presciencia y todas sus células han adquirido una suerte de orgánica lucidez. Y si somos todavía un pueblo verde, un pueblo en agraz, no es porque seamos “un pueblo joven” -cándida, inocente mentira, ya que no los hay bajo el sol jóvenes ni viejos, y aun se es más viejo en todo caso por ciertas frustraciones de la juventud-, sino porque nuestra conciencia está en mora, porque ella no se ha desarrollado desde sus fuentes, desde su hondón, sino quedado sobre sí y como cerrada. Lo que estamos es sin fruto verdadero y sólo nuestras ramas de árbol criollo se han echado a expandirse por el falso espacio de una supercivilización aparencial.”
“Los hijos de los hijos de argentinos, ¿a qué se parecerán? He aquí una cuestión que hay que sentir preocupadamente. Yo sé a lo que se parecerán en su forma vital, pero no sé a lo que se parecerán en su forma moral. Yo sé que serán ricos, yo sé que serán físicamente fuertes, técnicamente hábiles, lo que no sé si serán es argentinos. Y no sé si serán argentinos porque sé que sus padres han perdido ya hoy el sentido de la argentinidad.”
“El sentido de la argentinidad. Ya con sólo enunciarla, esta frase suena extraña porque apenas tiene crédito en nosotros, no encuentra en la persona el necesario campo crédulo y responsable. Es una oración blanca, por similaridad con esas voces blancas con que se habla en América de las cosas del espíritu y la cultura, es decir, en términos puramente locutorios y no consubstanciados. Y si esta oración fundamental es una oración blanca - no hay que poner el grito en el cielo sino en el alma; hay que poner el grito en el alma. Hay que poner el grito en el alma porque estamos ante la comprobación de una certidumbre y es que nuestra conciencia permanece inmatura y de que corremos el riesgo, no ya de seguir siendo, sino de ser cada vez más hombres prematuros.”
“No lo eran aquellos de quienes nacemos como pueblo. Lo estamos siendo, cada vez más, nosotros. Por una involución, por un proceso de involución ante el que hay que detenerse y decir: no. Sin quedarnos en nuestra aflicción, sumidos en el árido reflexionar de cubil, sino saliendo de nuestro cuarto en modo ardiente y precipitado para llevar adonde mora el vecino la declaración de nuestra decisión crítica y nuestra hambre, nuestro no a este avance inerte cuyo andar es como un sopor que se desplaza sobre hombres, masas y ciudades.”
“No. La Argentina que queremos es otra. Diferente. Con una conciencia en marcha, siendo esta conciencia lo que debe ser, es decir, sabiduría natural. Si según la teoría socrática recogida por Platón en su Fedón, ciencia es reminiscencia, lo que necesitamos en todo momento es reminiscencia, o sea conocimiento anterior del origen de nuestro destino y en el origen de nuestro destino está el origen de nuestro sentimiento, conducta y naturaleza. En nuestro origen natural está potencialmente contenido nuestro devenir; si perdemos el recuerdo, o sea la ciencia, de nuestro origen interior -¿qué podremos ser más que un optimismo errabundo? Haberse originado es originarse constantemente, nacer es seguir naciendo- y si no sabemos cómo y para qué llevamos en nosotros tan constantes nacimientos, esta ignorancia adquirirá, bajo el aspecto de una vida que se perpetúa, el valor de una muerte que se repite.” Como muchos habrán advertido, estas palabras que he querido utilizar como prólogo de mi modesta exposición pertenecen a Eduardo Mallea y a su “Historia de una pasión argentina”.
En Tucumán dijimos “Nos los representantes de las Provincias Unidas de Sudamérica, reunidos en Congreso General, invocando al Eterno que preside el Universo, en nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protestando al cielo, a las naciones y a los hombres todos del globo la justicia que regla nuestros votos; declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueran despojadas, e investirse del alto carácter de nación libre e independiente…”
El 9 de Julio de 1816 de esta forma nos declarábamos libres e independientes y no nos referíamos a la fórmula habitual de Provincias Unidas del Río de la Plata, sino que lo hacíamos con relación a las de Sudamérica, en una afirmación que no constituía una hipérbole histórica, sino una vocación integradora que debe impulsarnos permanentemente.
La primer condición para ser una república, o una democracia, estaba cumplida. Ya constituíamos la simiente de un Estado, que no es solamente un aparato de gobierno que engloba el conjunto de normas que institucionalizan la autoridad y a la propia colectividad gobernada, puesto que el poder y la sociedad son indisolubles. “Su separación es un accidente patológico, justamente calificado como crisis de Estado” (Ver Georges Burdeau, en Marcel Prélot.” La Ciencia política”.Eudeba, 1965).
La separación entre Estado y Sociedad, sin embargo, se remonta a los orígenes del pensamiento político moderno, y como bien analiza Nicolás Tenzer, esta distinción, que defienden primero John Locke desde el liberalismo, Benjamín Constant desde el conservadorismo clásico, y luego la vertiente del marxismo más economicista, culmina en la negación del carácter político del lazo social, la reducción de lo estatal a su dimensión coercitiva, pasa por la deslegitimación de la representación como lugar y momento de institución simbólica de las identidades sociales, como en Michels, Paretto y Mosca, este último con cierta influencia en el pensamiento de Gramsci y culmina con la idea hipertrofiada de la llamada “sociedad civil”, que pretende separarla no sólo del Estado, sino “protegerla” de la política, aunque no, claro está, de las diversas manifestaciones del poder económico concentrado.
Si bien la aceptación del Estado constituye un consenso muy generalizado, ello no significa que a través de la historia no haya habido corrientes teóricas y tradiciones políticas de distinto signo, que abogaron y lucharon por su destrucción, desaparición, transformación o debilitamiento.
El anarquismo radical lo rechazaba y también el marxismo. Se trataba, para ambos, de una formación histórica determinada, que expresaba un estadio en la evolución social, el de la dominación burguesa y la división de clases, destinado a desaparecer en el marco de otro tipo de organización social. Aunque es preciso señalar que ya en el año 1895 Federico Engels, en su introducción a "La lucha de clases en Francia", afirmaba que las modificaciones operadas en el Estado, permitían una actividad positiva para las reivindicaciones del proletariado, que facilitaban a las masas organizadas avanzar más fácilmente, mediante la utilización de medios legales y no con los de la subversión.
Puede suponerse que de esta manera, quedaba abierta la vía al revisionismo que transitaría Eduard Bernstein con su ataque contra el catastrofismo mecanicista y con su conocido planteo de la neutralidad del Estado que, en la tesis de Ferdinand Lasalle, fundador del primer partido socialista alemán, si se convierte en el instrumento de la minoría, es por culpa de la incapacidad y desunión de la clase trabajadora. En efecto, concebía al Estado como un instrumento cuyo fin era promover el bien general de la sociedad, frente a la concepción ortodoxa marxista del Estado como instrumento de clase.
Para Lassalle, las clases obreras debían buscar la conquista del sufragio universal, que le permitiría dirigir el Estado, y la extensión de cooperativas, que posibilitaría a la larga prescindir de los capitalistas. Para Marx, en cambio, lo fundamental era desenmascarar a una burguesía que proclamaba los principios de la Ilustración vinculados a la libertad y la justicia y desde la esfera económica proyectaba esquemas de explotación inhumana. (Ferdinand Lasalle “¿Qué en una Constitución?”.Ariel. 1994)
Por su parte Lenín, luego de la revolución rusa, visualizaría dos aparatos del Estado: uno represor, que había que destruir y otro, expresivo de "un vasto trabajo de cálculo y registro" que había que preservar, desconectándolo de cualquier influencia capitalista.
Por ese tiempo, Max Weber, advertido de la inevitabilidad de la sociedad de masas y como si previera el advenimiento de Hitler, alerta sobre la dominación del Estado por la burocracia y sostiene la necesidad de fortalecer al parlamento (en cierta forma a la política), como única forma de balancear el control estatal-burocrático.
Años más tarde, Antonio Gramsci se interesa por la aparición de un nuevo tipo de Estado investido de una función principal en el sistema capitalista, vinculada a la organización y orientación de los procesos económicos, creando, de esta manera, nuevas bases para las relaciones entre la economía y la política y, consecuentemente, poniendo de manifiesto la capacidad del capitalismo para reconstruirse y evitar las predicciones fatalistas del historicismo.
Gramsci sostiene que la clase burguesa se considera capaz de absorber toda la sociedad, asimilándola a su nivel cultural y económico: toda la función del Estado es transformada para justificar y mantener su dominio y lograr la aceptación de los grupos subordinados, a través de la formación de equilibrios inestables, que permitirían sin embargo avances por “pequeñas ondas reformistas sucesivas”, pero no por explosiones revolucionarias.(Juan Carlos Portantiero. “La producción de un orden. Ensayo sobre la democracia entre el Estado y la sociedad.” Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1988. Ver también. Norberto Bobbio "Estudios de Historia de la Filosofía: de Hobbes a Gramsci." Editorial Debate, 1985.)
De todos modos, en líneas generales, en el transcurso histórico debíamos buscar el disenso con relación a la necesidad del Estado en la izquierda, y fundamentalmente en el anarquismo.
Pero se ha dado una parábola singular. Hoy, aunque con diferencias, debemos ir a buscar esas posiciones en la derecha, particularmente en el neoliberalismo, aunque en otro sentido. Porque no implica la búsqueda de su desaparición sino su achicamiento hasta el mínimo posible, como por ejemplo lo propuso el primer Nozik y el incumplimiento de misiones que le eran consideradas como elementales, así como la intención de utilizarlo como gerente al servicio de los poderes económicos concentrados.(ver Robert Nozick. “Anarquía, Estado y Utopía”.Fondo de Cultura Económica.1988)
Actualmente, pareciera que los “grupos subordinados”,se encuentran frente a un nuevo proceso en el que el grupo dominante, ya no se preocupa por obtener ciertos equilibrios que hicieran tolerable su hegemonía, sino que procura, en las tesis neoconservadoras, debilitar al Estado hasta el punto de convertirlo en desertor de sus misiones esenciales, cuando no en simple gerente de sus propios intereses.
Según Tenzer, en conclusión que compartimos, este círculo que se cierra al excluir al Estado de su propio campo, el político fundamentalmente y mantenerlo cautivo de intereses determinados, sólo puede romperse a partir de una reestructuración simultánea de un espacio político y social por el resurgimiento de una deliberación que configure su instancia unificadora.
Es así, cómo advertimos que la deliberación democrática, principio de legitimidad del Estado, presupune la idea de autodeterminación individual que involucra las de libertad e igualdad para los miembros de cada sociedad. No hay democracia real mientras no exista un control efectivo del estado político interno de nuestros países, y todos sabemos que esa capacidad de control suele debilitarse y hasta perderse como consecuencia de intereses ajenos a los de los países en los que se desarrollan.
La idea de la autodeterminación individual se proyecta, luego, a la dimensión internacional, abarcando los conceptos de independencia, justicia universal y equidad. En otras palabras, tampoco hay democracia, sin independencia nacional.
Pero en nuestro presente no resulta sencillo el significado de la independencia y en la realidad compleja que hoy vivimos, es mucho lo que hay que distinguir al respecto.
Por ser la autodeterminación nacional, como dijimos, el primer elemento indispensable para darnos nuestra propia forma de gobierno y practicarla en plenitud, en definitiva para ser un Estado, analizaremos este tema.
Nunca será posible que una sociedad concrete una democracia moderna si se encuentra dominada o controlada desde el extranjero, donde en última instancia se toman las decisiones importantes vinculadas a su propio interés, incluso las relacionadas con la identidad nacional y cultural.
Al mismo tiempo que hemos advertido, creo que para siempre, la necesidad de proteger nuestra autodeterminación como ciudadanos, la situación internacional nos marca un déficit en nuestra autodeteminación como nación y comenzamos a entender dolorosamente que la fuerza de la democracia no depende exclusivamente de la voluntad de los ciudadanos de un país. Ella se debilita o se fortalece según evolucionen las relaciones entre los Estados.
Ser independientes implica estar presentes en el mundo, con nuestros valores éticos, nuestras posiciones políticas y nuestras luchas por una mayor justicia. Por eso, no puede haber democracia auténtica si no hay independencia en el ejercicio de la política exterior.
La adopción de decisiones nacionales autónomas no es sólo un problema de dignidad, sino una exigencia irrenunciable del sistema democrático. Esta íntima relación que existe entre la democracia y la manera en que se desenvuelven las relaciones internacionales nos hace advertir los peligros que surgen del actual orden político y económico mundial.
La primera reflexión sobre estos condicionamientos externos parte de una comprobación elemental: la disminución del espacio de la sensatez en el mundo.
La gravedad de los conflictos existentes, la creciente disparidad en la distribución del poder y de la riqueza, la irracionalidad del terrorismo, alcanzan proporciones que amenazan la existencia de una comunidad de naciones respetuosas de los derechos de todos y cada uno de sus miembros.
Luego de la gran tarea de descolonización emprendida hace décadas, comienzan a imponerse nuevas formas de dependencia que parecen generar un orden desde el que no se avizoran sino nuevas y cada vez más insoportables exigencias para los miembros más débiles del sistema internacional. Sus secuelas son bien conocidas: la reducción de la independencia política de los menos poderosos, un orden económico crecientemente injusto, una forzada homogeneización del mundo que esteriliza los estilos nacionales.
De esta forma la aspiración al progreso y a la justicia parece sucumbir en aras de proyectos egoístas que clausuran las alternativas de una paz auténtica.
El crecimiento del reparto forzado e inequitativo de la riqueza, la violación de la integridad de los Estados a través de formas directas e indirectas de intervención, el terrorismo y los medios clandestinos de acción internacional, forman parte de esta lógica del mundo actual, cuya justificación pareciera ser la intención de mantenerse al margen de los efectos provocados por los hechos que esa misma lógica de insensatez genera.
De este modo se actúa como si no tuvieran nada que ver la riqueza y la estabilidad del Norte con la pobreza y la inestabilidad del Sur. Como si no afectara a la paz del Norte la convulsión del Sur. Como si los polos y enclaves del desarrollo avanzado, la concentración de la riqueza y el dinamismo posindustrial pudiesen desligarse de los entornos de miseria y marginalización. Como si indefinidamente pudieran convivir dos mundos, sin tocarse, sin afectarse: el mundo de la prosperidad y el mundo del atraso.
Pero todos sabemos que no es así. Lo muestran las señales de alarma que llegan al corazón de los países más desarrollados y se trasladan o reproducen en las periferias , la pesadilla del terrorismo y los daños físicos y morales que se derivan del creciente consumo de drogas. Se pretende que se trata de problemas singulares y no lo son. Pues sólo es posible comprenderlos si se los ve en un contexto global: el de la interdependencia inexorable del mundo actual, que cada vez se transforma más en una mundialización insolidaria.
Resulta paradójico que sean justamente quienes impulsan la internacionalización de todas las relaciones económicas, jurídicas, políticas y culturales los que pretenden aislarse de sus consecuencias.
Así, la inviolabilidad de los derechos civiles en el orden doméstico, no se proyecta al orden internacional en el respeto de los derechos de los pueblos a la autodeterminación. La prédica igualitaria en el mensaje interno no se prolonga en la versión externa de la igualdad de los Estados y del consecuente respeto a sus soberanías.
Pero al convertirnos en víctimas del egoísmo y partícipes involuntarios de un juego cuyas reglas no hemos definido, la tensión regional así creada se vuelve sobre los poderosos agudizando los peligros para su paz interna y para su propia subsistencia.
La ruptura de esta dinámica es pues una tarea de todos, que nos exige buscar los caminos que nos lleven de nuevo a una lógica de la sensatez.
La insensatez que tiende a dominar en el escenario internacional, se manifiesta crudamente en la situación económica mundial, que acentúa la brecha que separa a un centro cada vez más poderoso de una periferia cada vez más empobrecida.
A ello debe sumarse un monopolio tecnológico que amenaza con marginar aún más a los países en desarrollo.
Las dificultades para el acceso a las tecnologías más avanzadas, acentuará la desigualdad económica, pero mucho más que eso, afectará la capacidad de acción política de las naciones rezagadas en esta materia, sometiéndolas a una nueva forma de colonialismo.
La situación del comercio internacional se ha agravado mostrando claramente el doble fundamento injusto en el que descansa su actual ordenamiento. Por un lado se afirma algo que es una falacia: la igualdad de hecho de las naciones; a partir de allí se conciben reglas que no sólo no favorecen la posibilidad de desarrollo de los más pobres, sino que perpetúan, cuando no intensifican, las desigualdades existentes; el desconocimiento de las desigualdades de hecho concluye creando una verdadera desigualdad de derecho entre las naciones, a través de un cuerpo de normas y de principios que todos deben aceptar como el único apto para la regulación del intercambio comercial.
Las naciones más pobres, las más jóvenes, las antiguas colonias-se nos dice-no deben ni pueden buscar el camino del desarrollo y del progreso, fuera del marco que necesitan los más ricos, las potencias más antiguas, las metrópolis, para el fortalecimiento de su comercio y de su inversión productiva.
Es entonces cuando aparece el segundo fundamento injusto. Porque la evolución del orden económico internacional está mostrando que lo que no pueden hacer los más atrasados, sí pueden hacerlo los más ricos. Se llega así a otra paradoja en la que, precisamente, los que crearon las reglas de acuerdo a sus necesidades y en virtud de sus exigencias, son los primeros y los únicos que las violan cuando ello resulta necesario para la defensa de sus intereses.
Ya tenemos una doble experiencia, exteriorizada tanto en el campo político, como en el económico. Ya no podemos dudar que debe ser un objetivo permanente de nuestra política desvincular el mero interés extranjero de las propias soluciones que debemos dar a nuestros problemas, que a veces pueden coincidir, pero no siempre, para poder encontrar en uno y otro plano soluciones que sean independientes y respondan a nuestros intereses nacionales.
Estas ideas no fueron compartidas por quienes se empeñaron más en demostrar su alineamiento con los poderosos, que por definir la inserción de la Argentina en el mundo sobre la base de la plena soberanía, de la autonomía de decisiones y de una integración equitativa en el sistema internacional.
Aquí volvemos al problema interno, con una primera pregunta ¿cómo adquirir la fortaleza necesaria? Resulta necesario concretar una nueva situación de auténtica cohesión nacional. Para lograrlo, es imprescindible plasmar, en una convocatoria a la convergencia política, social y económica, un programa esencialmente transformador y emancipador, que supere los esquemas cerrados de quienes persisten en analizar la situación presente desde enfoques dogmáticos anclados en la dependencia, sin por ello caer en un nacionalismo nostálgico, reaccionario o anacrónico.
Tenemos experiencia bien reciente. Cuando la transición democrática, nuestro punto de partida fue la convicción de que era imposible construir el sistema de convivencia al que aspiraba el pueblo argentino sin lograr denominadores comunes que asociaran en base a los principios de la tolerancia y el pluralismo a todas las expresiones ideológicas, partidarias y sectoriales de nuestra sociedad. Estos valores compartidos, traducidos en el respeto absoluto a las reglas de juego democráticas, vertebran lo que en su momento llamamos pacto de garantías, que debía ser asumido por la inmensa mayoría de los argentinos.
Hoy día nuestra debilidad necesita superarse asumiendo, como primera medida, la necesidad de terminar con un cuadro político de resentimiento y encono que caracterizó gran parte de la historia política argentina y nos convirtió en una sociedad facciosa donde sólo había denominadores comunes parciales, valores compartidos sólo en el seno de grupos políticos o corporaciones con objetivos e intereses limitados, que no abarcaban a la sociedad globalmente considerada.
La verdadera unidad nacional no puede plasmarse desde una peligrosísima pretensión hegemónica que establezca reglas de juego que anteponen a los valores de la integración nacional la visión limitada de intereses mezquinos o inescrupulosidades vergonzosas.
En vez de eso, venimos proponiendo desde hace años una transformación que interprete la voluntad de cambio perceptible y palpable en los diversos estratos de nuestra sociedad, aunque en algunos casos no sea comprendida ni asumida por las organizaciones que los representan. La defensa de nuestra identidad nacional exige una voluntad común. Los partidos políticos, como expresión de las diversas interpretaciones legítimas del interés general, deben ser instrumentos fundamentales para canalizar las aspiraciones de la sociedad, sin desmedro de la creación y difusión de los carriles necesarios para superar la crisis de representación, a través de las más variadas organizaciones intermedias, movimientos sociales y expresiones plurales de reivindicación y defensa de derechos.
Una propuesta de convergencia para encauzar las energías coincidentes de la sociedad en esta tarea de fortalecimiento nacional, tiene como insustituible elemento la presencia integrada de la juventud. Para ello es necesario encarar una política que los incluya en su lenguaje y que tenga en cuenta sus vivencias concretas; que se constituya en el debate abierto entre diferentes ideas, que fomente la discusión crítica de los modelos tradicionales y la emergencia de nuevas propuestas creativas y estimulantes, y generalice la conciencia acerca de su rol en la construcción del futuro. Dicha política supone un incentivo de la solidaridad social a través de la participación activa en la acción comunitaria, así como la circulación y el intercambio entre jóvenes de distintas regiones y diferentes situaciones socio-económicas y culturales. El discurso y la práctica política recuperarán así el valor del diálogo intergeneracional en una comunicación de ida y vuelta que permita por un lado el aporte del espíritu joven, las ideas nuevas, las propuestas innovadoras, el ejercicio libre y desprejuiciado de la imaginación y la creatividad y por el otro, la transmisión de la experiencia, la tradición heredada, la fuerza tranquila y necesaria para hacer de los sueños una realidad.
La juventud quiere liberarse de la manipulación, del paternalismo demagógico, de la represión y de la marginación de la vida social y política. No ve en el futuro una continuación inevitable del pasado ni una prolongación del presente vivida con pesadumbre o resignación.
Si la sociedad genera los canales adecuados, la juventud asumirá con convicción y realismo la conciencia cabal del presente en el que le ha tocado vivir y de sus posibilidades en la tarea de construir un país capaz de hacer frente a los nuevos desafíos.
Además, nuestro pueblo en general, que ha superado terribles experiencias, estará dispuesto a hacer un nuevo esfuerzo para emerger de su dramática situación social, a condición de que el sacrificio sea equitativo. Ya ha asumido la crisis y está más decidido que antes, con una sensibilidad más despierta a los valores de la paz, de la tolerancia y del orden en libertad, para expresar su disponibilidad a la construcción de un país nuevo y mejor a través de formas espontáneas de agregación que se advierten en los más diversos niveles, y en la promoción específica de actividades e intereses que antes quedaban sepultados por el corporativismo.
Pero no soportará la injusticia disgregadora a la que ciertos sectores pretenden someterlo.
Es necesario que el impulso popular desemboque en formas más amplias y abarcadoras de asociación, susceptibles de traducir las demandas sociales en instrumentos eficaces de acción política, y consientan la más amplia participación en el sistema institucional, en el manejo de los recursos económicos y en la creación cultural.
La injusticia social que hoy se padece es una seria deformación de la democracia, causa de un sentimiento negativo propio del desencanto, promotora de crisis graves del sistema de representación y de la identidad social, fruto de la despreocupación por los más urgentes problemas de los sectores menos favorecidos.
En este sentido, el problema esencial con que nos vemos enfrentados es el de repensar los mecanismos de redistribución y la propia justicia social. Había procedimientos en la Argentina para resolver estos problemas: políticas de ingresos fiscales, facilidades crediticias, convenios colectivos; todo un conjunto, en fin, de dispositivos que permitían discutir y organizar las diferencias. El problema es que esos mecanismos ya no existen.
Hay que plantearse con gran vigor una nueva política de justicia social, lo cual implica también definir una nueva filosofía de los derechos sociales.
Siempre supimos que no alcanzaban las libertades negativas, así llamadas porque protegían al ciudadano frente al Estado. El problema es que ya no alcanzan las libertades-crédito protectoras de los derechos sociales, porque la situación se ha hecho inviable para gran parte de la población y abarca al proletariado y a la clase media, mientras se ha imposibilitado desde adentro y desde afuera, la redistribución.
Hoy tenemos que hablar del derecho a la inclusión, basado en la idea de inserción. Esto implica vincular derechos sociales con obligaciones morales, experimentar nuevas formas de oferta pública de trabajo; perfeccionar los sistemas educacionales y de formación profesional y preocuparse en la búsqueda de un espacio intermedio entre empleo asalariado y actividad social, cuyo punto en común debe ser un objetivo prioritario: combatir la exclusión.
También resulta de una importancia fundamental, impulsar con vigor lo que ha dado en llamarse el tercer sector de la economía, o economía social.
La lucha contra la exclusión nos obliga a explorar un tercer tipo de derechos: los derechos de integración, porque la exclusión puede comprenderse como una situación económica similar a la de un ostracismo político. Ser excluido, es no contar en absoluto, no ser considerado como útil para la sociedad, quedar descartado de la participación. (ver Fittousi y Rosanvallon)
Pero si bien la cohesión hace a nuestra fortaleza y ésta a nuestra autonomía, su desarrollo impone la adopción de una política exterior racional y previsible.
En lugar de la retórica afirmación de que pertenecemos al primer mundo, debemos reafirmar que al mismo tiempo que somos un país occidental, que reivindica la democracia pluralista y la cultura de la libertad, somos un país que pertenece también al Sur, marginado de los grandes procesos de avance tecnológico y de organización de la producción y del intercambio comercial más avanzados.
En este contexto debemos propender a la consolidación de la independencia política y económica del país, intervenir en la búsqueda permanente de la paz y del resguardo de los derechos humanos fundamentales en todas las áreas del mundo e impulsar la integración latinoamericana como único camino que otorgará a los países del subcontinente la fortaleza necesaria para superar la dependencia y el atraso.
América Latina se presenta como una alternativa posible y necesaria para el logro de este objetivo. Las condiciones políticas necesarias para encarar tan ambicioso y necesario proyecto se han dado a través de la instauración de regímenes democráticos que facilitan la cooperación sin disputas hegemónicas, que permiten preservar las identidades nacionales e inauguran nuevas formas de convivencia interna y externa, basadas en los principios de la libertad y de la equidad.
A los pueblos latinoamericanos nos unen muchos más factores que los que nos dividen. Aun más, en estos momentos estamos enfrentando un grave problema común, el problema de la deuda externa, que pesa sobre nuestras economías como pesaron sobre los pueblos europeos los efectos devastadores de las dos guerras mundiales. Hacer frente a la deuda implicará para nosotros la misma función impulsora y concentradora de esfuerzos que tuvo la contienda bélica y sus consecuencias para los pueblos europeos. Nosotros debemos superar el problema de la deuda externa por la única vía útil, que es la del crecimiento, y el crecimiento sólo será posible mediante la integración.
Ya tenemos el ejemplo de la integración con el Brasil, Uruguay y Paraguay, luego de su democratización. Ya tenemos la experiencia del Mercosur, que con todas sus dificultades marca un camino que inexorablemente debemos seguir si queremos estar a la altura de los grandes desenvolvimientos que se operan en un mundo signado por la presencia de grandes espacios económicos.
Debemos confluir hoy en la voluntad de trabajar por la constitución de una América Latina fuerte, en crecimiento, democrática, que permita alcanzar la verdadera liberación y asegurar la real soberanía de sus pueblos.
Mendoza, 30 de octubre de 2000
