Venimos a rendir homenaje a Ricardo Balbín con el mas profundo sentimiento de la reverencia que le debemos a uno de los grandes protagonistas de la historia política argentina.
Un hombre que nunca llego al poder. Sin embargo, pocas veces el país tuvo un político que sin ejercerlo, dispusiera de una autoridad moral tan grande.
Un demócrata que nos ha dejado a su paso una huella indeleble por su decisiva contribución para restituir el ideal republicano, la reparación moral y social del pueblo argentino y para afianzar los valores de la democracia en la vida nacional.
Aquí congregados en su recuerdo los radicales sentimos que nos conmueve en esta evocación , un retemplar de nuestro animo, que nos impulsa a renovar el compromiso con nuestra causa , con los valores y principios que sustentan esa herramienta principal que fue su vida y que es la Unión Cívica Radical.
Por eso yo siento este homenaje como un llamado del deber cívico para volver a confiar en nuestros ideales, para que volvamos a darle a nuestro partido ese contenido superior que en su tiempo supieron darle hombres como Balbín y Larralde , abanderados del legado de Yrigoyen, que encarnaron su continuidad histórica en la convicción de vivir un destino personal inseparablemente unido al destino de la Unión Cívica Radical.
Para Balbín no podría reconstruirse el país sin herramientas eficaces y la Unión Cívica Radical debía ser la herramienta. que nos supera en el tiempo y que sirve para recomenzar una y otra vez las cosas.
Balbín sabia que detrás de el estaban tantos radicales que lo iban a continuar. por eso sintió siempre que era necesario preservar a la Unión Cívica Radical y que su líder debía tomar en cuenta a sus militantes, comprender a los afiliados, a los presidentes de los comités, a los dirigentes de barrio.
No fue un vencedor en las batallas electorales, ni un intelectual cautivante. Pero ofreció una honestidad de pensamiento y acción y una capacidad de lucha que la gente reconoció con respeto y admiración.
“Cumplir con el deber no es nada difícil- reflexionaba Balbín- lo difícil es saber dónde está el deber”.
Como hombre de partido, Balbín sintió que el radicalismo era su vida y asumió como pocos la doctrina radical, entendiendo como doctrina política al conjunto de principios que guían a los hombres tanto en la interpretación de los hechos, como en la dirección de su conducta. Bregó por el radicalismo nacido como un partido de principios, para darle a los ciudadanos capacidad de decidir su destino, para asegurar la soberanía del pueblo.
Y así entro a formar parte de la fisonomía moral de nuestro país, como una unión de hombres libres dispuestos a proteger el orden constitucional, el derecho y la justicia.
Por eso con el trajinar incesante de Balbín podemos afirmar que el radicalismo a través de los tiempos le ha dado un alma a la república, no solamente gobiernos.
Su oratoria brillante, de una profunda emotividad apuntaba siempre al rescate valores, poniendo el acento en la persistencia de un partido integrado y coherente, capaz de retomar una línea histórica que venía de Alem y de Yrigoyen: Nos decía: “ hay que construir las formas. tenemos que hablar con claridad, qué queremos y cómo pensamos”.
El joven ardoroso que peleaba contra el régimen denunciando que la oligarquía había detenido con el fraude la evolución natural del país, proyectó su labor parlamentaria haciendo hincapié en la cuestión social, la soberanía nacional y las libertades publicas, hasta convertirse en el vocero más importante del ideario intransigente.
Basta recordar siquiera su discurso en el congreso agrario de la UCR de 1949, que fue pretexto del juicio por desacato y su encarcelamiento, al proclamar “hombres del campo en el trabajo rudo y en el rudo aprender de todas las cosas, deben saber que empieza la revolución social del radicalismo. Hemos resuelto decirle a la juventud que se prepare para hacer la revolución que no pudimos hacer nosotros”.
Aunque sufrió prisiones y agravios como pocos, no se dejó ganar por el revanchismo político.
Ante la ruptura del orden institucional, la búsqueda de los grandes acuerdos nacionales fue una constante de su práctica política: a su impulso nacieron la asamblea de la civilidad y la hora del pueblo.
Tuvo siempre claridad para advertir que la autonomía política del radicalismo es una de las principales garantías de la democracia argentina.
Que por su condición de partido nacional y por su trayectoria, la UCR es un factor de equilibrio en la nación, y que puede legitimarse por su espíritu constructivo en la oposición, su compromiso ético para combatir la pobreza y la marginalidad social, como una alternativa progresista de desarrollo con sentido de futuro y como palanca de un federalismo autentico, dispuesto a contribuir al crecimiento armónico del país”.
En los años más duros Babín se abocó a la construcción de una convivencia que cerrara para siempre los caminos a los golpes de estado: el país no podía girar en torno a un enfrentamiento estéril que beneficiara a los sectores más reaccionarios y parasitarios de la sociedad argentina.
Balbín creyó siempre que un país tiene sus formas y que en esas formas está su esencia. no pensó que debiera cederse a la impaciencia para arreglar las cosas de cualquier manera.
Supo defender las formas que eran el fondo, ya que Balbín reafirmaba permanentemente que el parlamento hacía a la soberanía del pueblo y la vigencia de la constitución hacía al crecimiento de la economía y el bienestar del pueblo.
Para decirlo con palabras de Ricardo Balbín: “el pueblo no es algo que se mire, se valore y se proteja como exterioridad, el pueblo somos nosotros mismos”
“Lo que no haga el pueblo no se hará por el; lo que el pueblo no diga no se dirá por su cuenta”, pero agregaba también:
“la democracia se fortalece en la discrepancia. las unanimidades son caminos del autoritarismo”.
“Sin poder distribuido no hay estado de derecho, porque el estado de derecho necesita del control y está demostrado que el poder no controlado abre los caminos a la corrupción”, enseñaba Balbín. Su presencia marcó siempre una forma de sentir la política y un estilo de conducción partidaria que labraba pacientes acuerdos internos, guiado siempre por la sobriedad, la austeridad y la ética política.
Su liderazgo condujo una ejemplar resistencia al frente del histórico bloque de la cuarenta y cuatro, que fue en su tiempo una reserva moral del país, pero también, cuando lo creyó necesario, apostó a la construcción de políticas de consenso con su mayor adversario.
Por eso creo que la acción política de Ricardo Balbín refleja como pocas la serie de conflictos y armonías que jalona toda nuestra historia, y creo que uno tiene que admirar tanto a los hombres que supieron protagonizar enfrentamientos, como a los que implementaron acuerdos y conciliaciones. Así se teje la trama de nuestra historia política. Vivir sólo de enfrentamientos es imposible, ya que toda sociedad reclama en algún momento el remanso de la paz y la fraternidad.
Pero tampoco se puede vivir sobre la base de entendimientos a perpetuidad, de la repartija del poder y la inmoralidad de los pactos permanentes. Hay tiempos para los enfrentamientos civilizados y hay tiempos también para los acuerdos honorables.
Balbín nos enseñó que hay que tener en cuenta que el mejor acuerdo es el respeto por la constitución y las leyes fundamentales. Este es el acuerdo básico, la norma que establece límites y contenciones, formas y reglas de juego inviolables, procedimientos que en su reiteración adquieren un respeto sagrado.
La sabiduría de los pueblos consiste, seguramente, en saber dosificar sus conflictos cuando es necesario, aclarar lo que está oscuro y en administrar los acuerdos para que sean fecundos a través del tiempo.
Ricardo Balbín, nos toca recoger una vez más tu lección de dignidad nacional, de amor al radicalismo, de abnegación y patriotismo..


